..
"Lo primero que el cuentista le pide a su lector es atención; el novelista, paciencia."

martes, 25 de noviembre de 2008

La autenticidad, según Chéjov

.....
“Dos figuras en la playa (d'après Sorolla)”
Acrílico sobre tela de José María Fojo, cm. 18,0 x 24,0 – Año 2001
.
.

La autenticidad, según Chéjov
.
.
Joven estudiante de lenguas termina sus cursos y decide regresar a su hogar, en el villorrio en que nació. Se lo designa starosta de la iglesia. No tiene fe, pero acude sin falta a los oficios, se santigua cuando pasa delante de iglesias y capillas, con la convicción de que se debe hacerlo por el pueblo, porque sobre estas actitudes descansa la salud moral de la Madre Rusia. Luego lo designan presidente del Consejo del Zemtsvo, juez de paz emérito, y entonces llegan las condecoraciones, una retahíla de medallas y cruces, y no percibe siquiera que ya tiene cuarenta y cinco años. Y, de improviso, un día entiende que en todo ese tiempo ha estado representando una comedia, jugando el rol de payaso. Pero ya no tiene tiempo para alterar su modo de vida. Una voz, de repente, en medio de una pesadilla, le dispara como un balazo: «¿Qué estás haciendo?». Y se despierta con un sobresalto, empapado en transpiración.
.
* * *
.
Antón P. Chéjov, Записные книжки (Libreta de apuntes)
Traductor desconocido.
.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Arderán tus alas (Cuento)

..
.
Miguel Espejo entrega un premio a José María Fojo
Segundo Concurso de Cuento Fundación Inca Seguros, 1993.
.
.
Arderán tus alas
..
.
.Prestadme oídos, no temáis, pues mis desgracias
ninguno de los hombres, salvo yo, puede sufrirlas.

(Sófocles, "Edipo Rey")
.

Aunque ya no le importa, inesperada, anómalamente Martín recuerda el comienzo, el momento cuando logró entrar en la vasta casa de los Cárdenas, y vio a don Cosme en su silla de ruedas ("Acá todo ocurre como si siempre hubiera estado allí", lo había prevenido Raúl), mirando un caballo negro que se desplazaba sobre las teselas bicolores con su trote ortogonal, a punto de perpetrar un regicidio. Los ojos del anciano se desprendieron del trebejo y se adhirieron a él (los sintió reptar sobre sus mejillas) a través de las lumbreras turbias de las lentes. Cada ojo era un molusco descomunal, pardo, estriado por un sutil encaje de capilares de color de tabaco, pero de las bolsas de los párpados inferiores se derramaba una sonrisa.
—Cómo te va, hijo.
La mano pesada y torpe, acaso fatigada de regir la inextinguible contradanza de las torres y los alfiles, ciñó sus dedos de adolescente. Martín pensó que esa mano estaba tan baldada como las piernas y casi todo el cuerpo del señor Cárdenas; sólo el cerebro parecía eximido de esa tullidez que impregnaba al padre de Raúl; más bien debía conservarse ágil y lozano, si era cierta su imbatibilidad en el juego. Sosteniendo esa especie de garra de mono momificada, Martín levantaba un discreto e involuntario censo del viejo: emaciado y mortecino, bastante calvo y con los pocos cabellos blancos colgándole junto a las orejas y como desmadrados del cimborrio craneano, con la macilenta flaccidez del cuerpo que fue obeso y al que el padecimiento le royó la adiposidad y la masa muscular, envueltas las piernas inútiles en una manta a cuadros, cercado por detrás y debajo por la silla de ruedas, por delante por el tablero de escaques, y por su invalidez en todo su alrededor, el señor Cárdenas semejaba un ex–hombre que ya casi no existe aunque aún esté allí. Pero algo como la sombra platónica de una sonrisa aposentada en sus ojeras lívidas y su boca exangüe lo saludaba, sugiriendo una recóndita simpatía parental. Martín oyó su respiración sibilante, quedamente anhelosa, como el siseo de un aire denso y pringoso en demasía, forzado a circular por conductos estrechos y obstruidos con escombros. El viejo lo contemplaba con sus descomunales ojos hipermétropes magnificados por las lentes, sostenidas por una gruesa armazón de carey; le pareció ser el objeto de observación de un atroz pez abisal que boquease para extraer un poco de oxígeno de una agua antigua y avara.
.
...
but she wouldn't dance with another
and I saw her standing there.

..
La voz de John Lennon descendía desde una habitación del piso alto, amortecida por la distancia y el encierro. Martín interrogó con los ojos a Raúl, que simulaba desentenderse, y comprendió que no llamaría a las muchachas, que no lo dejaría hablar con Mirta. Un vaho de rencor le arreboló la tez, y trató de disimularlo porque el señor Cárdenas aún seguía escrutándolo. Había conseguido entrar en la casa: era un avance, un logro. Ahora, estaba obligado hacerse amigo del viejo (¿acaso simulando interesarse por el ajedrez o alguna otra de sus infalibles manías seniles?) o de la tía Memé, si en algún momento cesaba de rezar y hacer ganchillo: tener una cabecera de puente asegurada, una excusa válida para presentarse y entrar en ausencia de Raúl. Quedaba claro que debería recurrir a tácticas solapadas y oblicuas para aproximarse a Mirta, y que Raúl no iba a ayudarlo en absoluto en su intento de relacionarse con su hermana; por el contrario, lo obstaculizaría férreamente. ¿Por qué? ¿Y por qué hubo de consentir en dejarlo entrar, en definitiva? Se podía tener a Raúl por cualquier cosa, menos por un ingenuo o un incauto: si ahora él estaba dentro de la casa, era porque el otro lo había permitido, y no porque se hubiera tragado sus historias y sus monsergas. Tal vez, pensaba, para humillarlo más (actitud típica de Raúl); para que se consumiera de deseo e impaciencia, como ese rey mítico que desde el fondo del tiempo se muere de hambre y sed entre fuentes y frutos.
Martín miraba a Raúl revolver unos libros en la biblioteca contigua, pasar las manos grandes y delicadas sobre los lomos dorados, en la búsqueda del volumen que desvelaría la razón en la controversia urdida por él (para adherirse a Raúl, para perseguirlo, para entrar en la casa), y cavilaba sobre sí mismo y su amigo, y Mirta y ese temblor sorprendido, ese vago anhelo, esa dulce enajenación que lo subyugaban nada más pensar en ella, y la bruma que difuminaba toda esa familia; se acercaba a Raúl, veía el libro y las frases y cada letra en particular, y trataba de leer y entender pero su atención estaba pendiente de la voz amortiguada de John Lennon, que les caía desde el dormitorio cerrado donde Mirta y Sarita ponían discos en el aparato y los oían, y charlaban y ojeaban revistas y comían bombones o tomaban el té con tostadas y no pensaban en él. No: Mirta no piensa en mí, se decía Martín, en tanto que Raúl, en un universo contiguo y aislado, como en un limbo, sacaba otros libros, se los ponía delante de la nariz, lo contemplaba un poco de soslayo con su particular y perenne aire de suficiencia, siempre en actitud de patrocinio y gozando de antemano con su pasión insana de ganar una controversia, y le explicaba algo: ¿Está claro? –preguntaba Raúl–. Sí, sí; ya lo veo –decía él; pero Raúl no paraba de hablar, de aturdirlo, de extraer otros libros y desplegar mapas; Claro, claro, decía Martín, e inexplicablemente lo distraía del canto que era su mágico nexo con Mirta la visión de don Cosme, enmarcado por el vano de la puerta, quien desplazaba un peón blanco con un movimiento interminable, como en un ralenti cinematográfico, impedido por la parálisis o la duda.
.
Hey Jude, don't let me down…
.
Ahora la voz y la música sonaban más francas, como si hubieran abierto la puerta del cuarto de las chicas. Martín se acercó a la sala y miró hacia lo alto de la escalera, a la balaustrada de cedro del balcón interior sobre el que daban las puertas de los dormitorios, justo a tiempo para ver a Mirta y Sarita que desaparecían en la penumbra de las entrañas de la casa, mientras el tocadiscos vomitaba el crepitar de la púa encajada en el interminable final del surco. Algo profería Raúl sobre un general o coronel muerto en batalla, sacudiendo un libraco, pero él sólo veía que Mirta llevaba un ajustado vestido azul de lana, y que su melena a lo paje oscilaba al pasar su brazo por la cintura de Sarita; y discernía a pesar de la parva luz del atardecer que el brazo de Mirta se recortaba delgado y moreno sobre la blusa y el pantalón blancos de su amiga.
—¿Puedo creer que se me escucha? ¿Para qué vinimos, si no saliste de Babia? –exclamaba Raúl, dejando los volúmenes–. ¿Qué estás mirando? –inquiría con acritud, asomándose a la sala y dirigiendo la vista hacia donde el señor Cárdenas regresaba el peón blanco a su casilla original con un movimiento de reversión de lentitud infinita. Pero Mirta y Sarita ya no estaban.
Si puedo resistir un poco más, tendrán que volver. Tienen que sacar el disco. Debo concentrarme y darle charla a Raúl, ganar tiempo –pensaba Martín, sin apartarse de la puerta. Pero Raúl reclamaba su atención, señalando unas estampas y haciéndole un gesto para que se aproximara. Martín observaba cómo don Cosme extendía el dedo medio de la mano derecha para cernirlo dubitativamente sobre la corona del rey negro, y lo asombró sentir un gran alivio y una extraña confianza, porque parecía que el tiempo se hubiera detenido de súbito y entonces dispondría de la eternidad para esperar que Mirta reapareciera con su vestido azul y su andar ingrávido. Mientras durase aquel movimiento de extensión del dedo, estaba a salvo.
…De improviso, el chirrido del tocadiscos cesó y la puerta del dormitorio de Mirta se cerró desde dentro. El dedo de don Cosme tocaba la corona negra; Martín experimentó la frustración de que algo a punto de consumarse había fallado. Y Raúl, quien ya colocaba los libros en los estantes, barbotaba una frase sobre ir al club o tomar un café en El Globo Rojo, se calzaba una chaqueta y se despedía de su padre, el que lo miraba sin verlo, como desprendido del mundo, premeditando tal vez la conveniencia de un enroque.
.
Love, love me do,
You know I love you...
.
¿Por qué se afanaba Raúl para sacarlo justo entonces de la casa, en el preciso momento que Mirta había puesto esa canción – ese mensaje o ruego secreto? ¿Sería una casualidad, o ella lo habría visto desde la penumbra, al asomarse a la puerta de la biblioteca? Y si era un mensaje, ¿qué clase de mensaje: quería alentarlo o burlarse de él? La mano de Raúl, apretada como un cepo alrededor de su brazo, lo tironeaba para arrastrarlo afuera. Martín asió esa mano para retirarla, y abría la boca para decir algo cuando un gemido o estertor sofocado, que llegaba desde el otro extremo de la sala pero que pareció salir de la boca abierta y muda de Martín, los petrificó en sus lugares; simultáneamente, el repiqueteo de un sinnúmero de granallas estrellándose sobre el piso de parqué los hizo volverse hacia don Cosme. El viejo se agitaba con una mano en la garganta, desbaratado en la silla de ruedas; una convulsión había hecho volar el tablero de ajedrez, y los trebejos yacían diseminados sobre el suelo, cribándolo de manchas negras y blancas. Raúl se aproximó con sosiego a su padre, seguido por la mirada de Martín; le tomó una mano y le levantó la cara, y acercó una oreja a la boca ávida y babosa.
—¡Me ahogo! –exhaló don Cosme, retorciéndose. Tenía las uñas violetas, un ojo casi cerrado y el otro que se salía de su órbita; una helada pátina de sudor le bruñía el rostro cianótico, y los cabellos blancos semejaban levitar alrededor del cráneo oscilante–. ¡Me ah…!
—No es nada –dijo Raúl ante la alarma de Martín–. Un poco de asma –y trataba de acomodar el laxo cuerpo agónico del anciano en la silla. La respiración frenética del señor Cárdenas se oía en un repentino silencio absoluto; Martín miró a las alturas y vio que la puerta del dormitorio de Mirta estaba abierta y el silencio parecía bajar desde allí como un miasma corpóreo que contaminara la atmósfera.
—¡Mirta! El nebulizador –ordenó Raúl a gritos, sin dejar de enderezar al viejo. Martín sintió una súbita alegría, estropeada al punto por la vergüenza de deberla al ataque de asma de don Cosme. Al instante, Mirta emergió de las tinieblas con su hieratismo y su aura de ser inasequible llevando el ridículo aparato de cristal y goma; detrás de ella apareció su rubia y pálida e inseparable amiga.
Raúl comenzó a vaporizar el medicamento en la boca del padre, y Mirta se arrodilló al lado de la silla de ruedas, le tomó una mano y la acarició, murmurando palabras inaudibles. Martín se ubicó de espaldas a la ventana para verla a sus anchas, destacada en la quebradiza luz del atardecer incipiente, mientras él permanecía en la penumbra. Vio el rostro grácil, enmarcado por la melena oscura y lacia, y una ola de algo que debía ser deseo lo sepultó. Ella se concentraba en el viejo acezante, como por completo ajena a la presencia de Martín; pero de pronto sus miradas chocaron durante un fugacísimo lapso, y Martín pudo leer en sus ojos de miel y caoba, rayados por unas apenas insinuadas líneas negras y doradas en los iris, húmedos como el otoño desencadenado ahí fuera, que fingía esa indiferencia, que estaba muy consciente de su proximidad. El deseo de tocarla fue un impulso irresistible, que su lábil ánimo hubo de vencer. Sarita permanecía relegada en la abulia, presenciando los aconteceres con frío despego. Martín columbró en su cara algo así como los restos de una sonrisa sarcástica y enigmática, por cierto despectiva, que desaparecía de sus labios ahuyentada por su propia mirada febril, pero subsistente en sus claros ojos, duros y algo irónicos –una expresión que sugería rechazo, desprecio; que lo consideraba un intruso.
—Vamos a llevar a papá al dormitorio –dispuso Raúl, que ya empujaba la silla de ruedas hacia la salida–. Avísenle a Memé.
—Necesito hablarte –susurró Martín con rapidez a Mirta, interponiéndose en su camino, a espaldas de Raúl; el bronco jadeo del viejo casi ocultó sus palabras.
—Ahora no –le contestó ella, sin mirarlo siquiera, e inició su marcha detrás de su hermano.
—¿Cuándo, entonces? –insistió Martín, poniendo su mano férvida en el brazo desnudo de ella y sintiéndose ebrio aún antes de tocarla.
Mirta se liberó con un gesto brusco y lo rozó, acaso por primera vez en forma voluntaria, con ojos tallados en hielo negro. Se alejó sin responderle.
Sarita, impávida y silenciosa, había subido la escalera, tal vez para poner a la tía Memé al corriente del acceso de asma de don Cosme, o quizás con el único fin de no permanecer con él. Martín se quedó solo en la sala; esperó un tiempo cuya duración no pudo calcular, pero que le pareció excesivo, sin saber qué hacer. Aguardaba el regreso de Raúl; eso le parecía lo más lógico y natural: sin duda, Raúl no tardaría en volver, y se irían juntos. Pero nada ocurría: no se oían voces ni ruidos, nadie retornaba; tuvo la incómoda sensación de que el edificio se había vaciado de habitantes. Trató de mantenerse tranquilo e indiferente, pero con el transcurrir de los minutos se sentía más estupefacto de que lo hubieran dejado así, sin una palabra, como un objeto o un animal que se abandona en las sombras y el olvido, como si no fuera nadie, como si no existiese. Su indignación estalló al divisar por la ventana a Raúl, quien atravesaba con absoluta calma el jardín y desaparecía en la calle desierta. Fue como si una sombra envenenada descendiera sobre él, ahogándolo; como si lo aplastara un alud de hierro. ¿Qué soy para estas gentes? –se preguntó–, ¿Qué soy para ella? ¿Qué es esto que está sucediendo? Una cólera incontenible iba ganándolo y se acrecentaba por momentos. Por fin, llevado por su ira y su disgusto, forcejeó con la puerta que comunicaba con las habitaciones interiores: comprobó con estupor que estaba cerrada con llave. Sintiendo que una súbita marea de sangre inflamada le trepaba por el cuello y el rostro, pensó que sería infinitamente grotesco y afrentoso para él llamar o subir la escalera en busca de alguien, que ese dejarlo solo era la más hiriente y ofensiva invitación a retirarse; que era peor que echarlo. Cruzó el vestíbulo y salió al jardín, cerrando la robusta puerta principal de un golpe, sacudido por ráfagas unánimes de despecho, ira y desconcierto. En la calle, se alejó furioso bajo las ramas saqueadas, aturdido, humillado, tratando con vehemencia de abstraer a Mirta de los que la rodeaban, de aislarla y protegerla de la lepra que roía a esas gentes, en un esfuerzo supremo por creerla distinta de ellas.
.
*
.
Tendido en su cama, Martín enciende otro cigarrillo; el fluir de la marchita luz que ingresa a través del ventanal, tamizada por las cortinas, remeda la corriente de pensamientos errátiles que lamen su conciencia sin adherirse a ella, gastándose o consumiéndose por sí mismos. Quisiera olvidar... –medita distraído, dando una chupada al cigarrillo y componiendo una irónica e involuntaria mueca de desdén–. Olvidar, sí: no estar acá, no ser ahora–. No le interesan el viejo don Cosme, que casi está muerto; ni Sarita, que no es nadie; ni la tía Memé, que no existe. Raúl no le importa: lo considera un ser nefasto, un canalla, al que sería muy agradable borrarle esa sonrisa de superioridad a puñetazos; pero Mirta lo aborrecerá si lo hace –y acaso eso sea mejor que su indiferencia o su desprecio. Martín gira sobre el cobertor, con la imagen de Mirta en la conciencia, y siente que la vida sin ella será un páramo o una charada. El humo (esa metáfora de lo amorfo) se le aparece como la materialización del rencor que lo enerva, o de esa neblina que torna espectrales a los Cárdenas y en la que cavilaba unas horas antes. ¿Qué secreto abrigan esas personas que viven juntas, no como en un hogar sino un hotel, sin llegar a conformar una familia? ¿Cuál enigma, preciso e indescriptible como el contorno de las nubes que ve derivar en el cielo vespertino, es la causa de la conducta arbitraria o francamente contradictoria de Mirta? ¿Cuál es la razón de la mise-en-scène que acaban de endilgarle, cuál su absurdo y pestilente mensaje? Durante años ha oído habladurías sobre los Cárdenas, las que nunca creyó porque siempre le parecieron por completo repugnantes e inverosímiles, abyectas miserias de suburbio. Pero esas murmuraciones, ahora, lo acosan: la rara enfermedad de don Cosme (ese lento disgregarse en la parálisis, la esquizofrenia y la incuria) y su excluyente chifladura por el ajedrez; el cohabitar con la tía Memé, que no es la hermana de don Cosme sino la cuñada, a quien sólo ocupan el crochet y sus oraciones; la vida yerma de Raúl, quien, sumido en la paranoia de su intelectualidad, no estudia ni trabaja, ni hace deportes, ni sale con mujeres; la relación ambigua de Mirta y Sarita, que siempre están juntas y no tienen otras amigas. Nada particular, nada sospechoso, pero que en boca de los maldicientes se mezcla con un hálito equívoco y se tiñe con los protervos colores de la anormalidad. Le parece que se ahoga en ese clima fétido y mezquino, que es mejor que se aparte y se olvide de los Cárdenas, sus rarezas y excentricidades. Pero al mismo tiempo le resulta increíble que permanecerá por siempre ajeno a la vida de Mirta. Hay algo muy extraño en los Cárdenas, y él sabe que necesita saber qué es, y que el mal reside, precisamente, en esa avidez compulsiva de conocimiento, ese demonio que tienta a sus víctimas y les gana la expulsión del Paraíso. Martín se siente como las mariposas nocturnas, que son atraídas de modo irremisible por la llama en la que han de arder sus alas; el misterio de los Cárdenas es su hoguera funeraria. Acaso en la ausencia y la ignorancia podría mantener la calma y la ecuanimidad, las que por otra parte le importan un bledo: no es Júpiter que mira, desde una nube, a su pueblo de semidioses, ni un geómetra ocupado de asépticos teoremas, sino sólo un hombre enfangado en la turbia condición humana y al que encandila un craso absoluto: el de descubrir la verdad, aunque lo desgarre, de una mujer que lo enamora. No tiene escapatoria: no se conformará con menos. Su decisión está hecha: por la noche va a penetrar subrepticiamente en esa casa para ver qué sucede allí; y, sin saber por qué, recuerda que la palabra testigo es la otra manera de aludir al mártir.


Martín avanza por la calle entenebrecida, apenas iluminada por las últimas lumbres del poniente; de cara al ocaso, sin ver la helíaca fusión del horizonte en la fantástica coda del crepúsculo, aplasta las hojas caídas, y el aire frío y húmedo del otoño, con su peculiar perfume de decadencia, se le prende con sus uñas de la nariz y los párpados. Sabe que muchos años después, en un otoño futuro que llegará implacablemente, cuando él sea un hombre ya maduro (tal vez cincuentón), oirá el mismo crujir de hojas secas y aspirará idéntico aire leve y manchado de aromas sutiles, y recordará al muchacho que ahora es con un dejo de melancólica simpatía, casi de compasión, como ese hombre adulto puede pensar en un amigo joven, vulnerable y sin amparo, o un hijo sumido en el infortunio. ¿Qué simas deberá atravesar para convertirse en ese hombre que el devenir, al cabo de muchos años, le tiene predestinado? Ese hombre, al que ya prefigura, que sin duda será más sabio y más cauto que él en este momento, ¿seguiría acercándose a esa casa en un crepúsculo infausto con el propósito de ingresar en ella para descubrir nada menos que la verdad? Deberán transcurrir treinta o cuarenta años para conocer la respuesta; hoy, sus pasos no se detienen.
Con la última claridad llega a la esquina en que la residencia de los Cárdenas lo desasosiega con su enigma; considera que es imprudente quedarse de pie allí, bajo las lámparas eléctricas a punto de encenderse, porque visto desde las ventanas, o descubierto por Raúl cuando llegue, su acecho se frustraría. Por fortuna, un edificio en construcción cercado por una empalizada alza sus andamios frente a la casa a vigilar. Martín da un golpe a una de las tablas del maderamen y se introduce en el providencial atisbadero. Desde allí, ve iluminarse el cuarto de la tía Memé; contempla la borrosa silueta, velada por una tenue cortina, del señor Cárdenas enfrascado en la tenaz partida (Blanco y negro –piensa Martín–, puro maniqueísmo: ojalá la vida fuera tan simple); ve pasar una sombra tras la ventana del dormitorio de Mirta, y siente que se le cierra la garganta y el corazón le da mazazos salvajes contra las costillas. Pasan muchos minutos durante los que el frío se acrecienta, acentuando la frigidez que lo entumece, y por fin Raúl surge con lento paso en la perspectiva de la calle y entra en la casa. Martín aún ha de permanecer un tiempo inconmensurable, escandido por los golpes de su sangre, fascinado por esa enorme fachada inserta como una cuña en el diedro inmaterial de las dos calles, sin que nada suceda salvo la transmutación de su angustia en impaciencia y de ésta en congoja, hasta que se apagan las luces en el cuarto de Mirta y se encienden en el de Raúl.
Martín sale de su escondrijo pensando sólo cómo hará para entrar en la casa. Salta la verja en el lugar más oscuro, y se dirige a la poterna de servicio, que encuentra atrancada. ¿Cómo forzar la puerta principal sin que los ocupantes lo oigan? Gira el picaporte y descubre, con sorpresa y satisfacción, que no han echado llave. Antes de abrir la puerta, se le ocurre que los Cárdenas podrían demandarlo por allanamiento de domicilio. Sonríe en su interior, recordando el gallo de Sócrates, y entra.
Desde el vestíbulo, inmerso en un silencio sin máculas, ve a don Cosme frente al tablero. Pero el viejo ha interrumpido el desarrollo de la inagotable partida: apoyado contra el respaldo de la silla de ruedas, tiene la cabeza caída sobre el pecho, una mano en el regazo y la otra, en el extremo del brazo extendido a lo largo del cuerpo, se engarabita alrededor de algo. Martín se para junto a él, estudiándolo: parece desmayado o muerto; absurdamente piensa que en la mano crispada aferra un alfil. Le pasa dos dedos por debajo de la barbilla y le levanta la cara. Don Cosme lo mira con sus ojos de lémur, graves y desolados, implorantes, turbios por una humedad que no se decide a resolverse en lágrima. Martín se queda un rato muy largo mirándolo, ambos silenciosos, y por fin suelta el rostro, que vuelve a derrumbarse sobre el pecho, y se dirige a la escalera. A medio camino, lo alcanza la voz quebrada y vencida del viejo:
—¡Insensato! ¡Insensato!
Sube los escalones sin prisa, ya que nada podría impedirle llegar hasta el final. Una vez más, el señor Cárdenas repite "¡Insensato!"; Martín ya no discrimina si como un reproche o con una infinita aquiescencia.
Llegado arriba, ve una raya de luz debajo del peinazo de la puerta del cuarto de la tía Memé; apoya un oído contra el batiente y puede auscultar su quedo llanto, interrumpido por tandas de plegarias. De la puerta del dormitorio de Raúl fluye un silencio ominoso, casi tangible; pone las puntas de los dedos sobre el pomo y empuja con lentísimo gesto.
La espalda de Raúl, alumbrada al ras por los veladores y hendida por largos y delicados arañazos recién infligidos, que semejan las huellas de una tralla que alguien ha descargado amorosamente, es una escultura obscena que se le aparece como una alucinación, ofreciéndose al aniquilamiento. Las dos muchachas, desnudas y tendidas una junto a la otra en la cama, en escorzo, miran el inesperado intruso lelas y consternadas de espanto y sorpresa. Martín siente que no puede atacar a Raúl por la espalda, que debe hacer algo para que se dé vuelta y poder matarlo de frente. Se queda quieto sobre el umbral, tenso durante un segundo inacabable hasta que el quejido de asfixia de don Cosme y el rumor del choque de los trebejos contra el piso se mezclan con el primer grito de Mirta y Sarita y el alarido de Raúl, que se lanza contra él transfigurado de odio.
Ahora, ya no me importa nada. No me importa si lo mato o me mata, pero no quiero oírlo ni verlo nunca más –piensa Martín, engarfiando sus dedos alrededor del cuello de Raúl, zozobrando en el ruido y el furor.
.
* * *
.
.José María Fojo
Mención Honorífica Segundo Concurso de Cuento
«Fundación Inca Seguros», 1993.
Publicado en el libro “Prosperidad de las sombras”
El Francotirador Ediciones, 2000.
.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El último "teorema" de Fermat

.
“Álamos en otoño”
Óleo de sobre chapadur de José María Fojo, cm. 16,0 x 25,0 – Año 1999
.
.
El último "teorema" de Fermat
.
Pierre de Fermat escribió, hacia 1650: “Es imposible descomponer un cubo en dos cubos, un bicuadrado en dos bicuadrados, y en general una potencia cualquiera, aparte del cuadrado, en dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración realmente admirable, pero el margen del libro es muy pequeño para ponerla.” (“Cuius rei demonstrationem mirabilem sane detexi. Hanc marginis exiguitas non caperet” en el original.)
...La formulación de este celebérrimo último teorema de Fermat es la siguiente:



a exp(n) = b exp(n) + c exp(n) no es posible para a, b, c, n enteros, n >2.
.
Que a esta expresión algebraica se la haya llamado durante tres siglos y medio “Teorema de Fermat” es una de las incógnitas más inexplicables de la historia de la ciencia. Porque una proposición matemática no demostrada (independientemente de su veracidad o falsedad) no es un “teorema”, sino una “conjetura.” Sólo adquiere la categoría de teorema cuando se la ha demostrado. Por tanto, la ausencia de esa “demostración realmente admirable”, que Fermat no escribió con una excusa trivial (nada le impedía conseguir una hoja de papel de tamaño adecuado), deja su conjetura en categoría de tal. ¿Por qué hemos de creerle a Fermat que realmente encontró esa demostración? Sí, yo también encontré una, más admirable y elegante aun que la suya, pero no la escribo ahora porque no tengo tiempo; me esperan para jugar al tenis. ¿O acaso Fermat sí encontró esa demostración y no quiso darla a conocer para incentivar a los matemáticos del futuro en esa línea de investigación? Es claro que nunca lo sabremos, y que ésta será otra de las incógnitas por siempre insolubles de la historia de la matemática.
...El libro de margen exiguo era la “Aritmética” de Diofanto de Alejandría, traducida al latín por Bachet (publicado en 1621.) La nota fue descubierta después de la muerte de Pierre de Fermat por su hijo Clément Samuel. Desde luego, para n = 2, la expresión corresponde a la del Teorema de Pitágoras, demostrado en el siglo VI a. C. y considerado por muchos “la joya de la matemática.”
...En el siglo XVIII, nadie menos que el gran Leonhard Euler logró demostrar la conjetura para n = 3. Otra incógnita: ¿qué habría sucedido si Gauss se hubiera ocupado de este problema?
.
...La conjetura de Fermat fue elevada a la jerarquía de teorema por el matemático inglés sir Andrew John Wiles al demostrarla en 1995 con la ayuda de Richard Taylor, pasando por los estudios de Helleguarch, Frey, Faltings y Ribet, y la conjetura de Taniyama-Shimura sobre las ecuaciones modulares y las curvas elípticas. En la actualidad, lo justo sería denominarlo “Teorema de Fermat-Wiles (-¿Taylor?).”.



* * *


José María Fojo, 2008
.

martes, 5 de agosto de 2008

Antes de que la luz cambie (cuento)

.
“Museo Sivori”
Acrílico sobre tela de José María Fojo, cm. 30,0 x 40,0 – Año 2000.
.
.
.
Antes de que la luz cambie


.

.«Garde tes songes;
Les sages n’en ont pas d’aussi beaux que les fous!»
(Ch. Baudelaires, «La voix»).
.
.
La voz rauca de Marelli, vacilante en el otro extremo de la línea telefónica, desgranó las palabras de la noticia que hubieras preferido no oír nunca pero que, llegado su tiempo, te alcanzaba. Te recostaste contra el respaldo del sillón y apoyaste una mano sobre el escritorio, sin retraer el auricular de tu oreja, dejando transcurrir unos segundos densos y yermos, heraldos de un tiempo definitivamente baldío.
—Hola…, hola, ¿estás oyéndome? –inquiría Marelli, nasal, entubado, con el fondo del lejano rumor de la calle colándose a través de una ventana abierta en la tarde fosca de otoño, presagio de la indiferencia de un mundo que, sin Daniel, continuaba su marcha.
—Sí, sí… –contestaste, considerando si debías agradecerle a Marelli por llamarte, e irritándote contigo mismo al sorprender un pensamiento tan trivial, en esas circunstancias. Oíste la voz encapsulada, embebida en la crepitación eléctrica de los circuitos, salmodiar algunos lugares comunes apropiados (la indispensable hipocresía social que Daniel nunca entendió ni aceptó); con la discreta elegancia de sus trajes grises y sus corbatas de seda, Marelli se abstuvo de preguntarte si irías al velorio. Escuchaste en el teléfono una voz interesándose por el señor Marelli y su familia, dar las gracias, despedirse; y al interrumpir la comunicación, no te alarmó descubrir que esa voz había sido la tuya.
A través de la ventana, miraste el jardín quedo en la brisa inane, verdecido en la luz cenicienta del parsimonioso crepúsculo; contemplaste tus manos, arrugadas y con manchas queratinosas –las manos de un viejo; tus manos ineptas para asir y siempre tan prontas a proteger, y que jamás habían aprendido a castigar ni acariciar. Tu mano derecha, ahora un poco insensible y torpe, supo ceñir la de Daniel en gesto de saludo y amistad; nunca la habías agitado como señal de despedida, ni aun cuando el alejamiento fue definitivo, hacía ¿cuántos años? ¿Tantos? Demasiados. Y ahora ambas cosas, la salutación y el adiós, recaían en lo imposible.
Tus ojos y tus manos anduvieron recorriendo estantes y cajones en la biblioteca; tus manos destaparon cajas y revolvieron álbumes y fueron depositando sobre el escritorio fotos, cartas, postales, documentos que constituían los testimonios de una amistad difunta (una amistad abortada o esencialmente inviable) para que tus ojos se demoraran en las estaciones de ese viaje inconcluso de veinticinco años, que ahora se desplegaba ante tu intacta memoria y tu azorada atención en el fulgor cárdeno, ya revestido de gris, de un atardecer que parecía una alba invertida.
Atrapadas en el claroscuro de la emulsión, tu efigie y la de él sonreían y te miraban desde el inasequible ayer, iluminados por soles pretéritos y congelados en la superficie de la cartulina; múltiples imágenes que permitían recorrer tu vida hacia atrás, hasta el inicio de esa amistad de colegiales, y de nuevo hacia delante, hasta el truncamiento final en el borde de la cuarentena. No reprimiste una sonrisa frente a la instantánea de ambos en una plaza (tomada sin duda con una cámara de cajón por un fotógrafo de guardapolvo y gorra grises, cuya cabeza y busto se enfundaban en un trapo negro para hacer el encuadre), con la estación ferroviaria en segundo plano, vestidos con el uniforme del colegio, lado a lado en un tiempo de pantalones cortos en el que Daniel era aún el más bajo de los dos. Al mirar la foto siguiente, hiciste correr una década en un tris: Marelli, Daniel y tú a los veintidós años, sentados sobre la arena de una playa marítima; reían deslumbrados por un festivo sol veraniego mientras el agua salitrosa se escurría y se secaba cabrilleando sobre los pechos lisos. Pensaste que habías vivido para crear esos recuerdos y preparar este duelo.
Tu mirada encontró un cielo bruñido que devenía intensamente índigo y translúcido, portador de la noche. Encendiste la lámpara del escritorio de manera automática, sin verdadera conciencia de ello; en el haz cónico se agolparon los vestigios de aquella comunión dilapidada; tus dedos las recorrían y mezclaban, perfilando los bordes dentados, pero tus ojos ya no las percibían, vueltos hacia dentro (hacia atrás), absortos en la visión de escenas incompletas, siempre fugaces, inconexas y asincrónicas, y sin embargo de insoportable intensidad, que habían perdurado en el secreto refugio de los entresijos de tu memoria para que el contacto de la muerte de Daniel las exhumara. A diferencia de tus sueños (siempre tan sobrealzados de impresiones sensoriales), no había sonidos ni fragancias yuxtapuestas a las imágenes; era un puro mundo visual, una fantasmagoría panóptica de la que todo se excluye, excepto lo visible: podías recordar la exacta forma de la nariz de Daniel a los veinte años, o el preciso tinte de sus iris, pero no su voz. Veías las nubes bogando hacia el norte sobre una playa vestida de asfódelos, pero no oías su canto al recoger conchas de mar. Te penetraba el calor de su amistad y su admiración, y sus palabras declarándotela eran silencio. Pero pudiste sentir el sigiloso peso de su mano en tu hombro mientras reposabas en la antecámara de un cuarto casi en tinieblas donde una carne muy amada ya se disolvía a la luz de los cirios.
—Querido…
La voz se mezclaba con las visiones mudas y la dulce pesantez solidaria de la mano espectral; un inesperado perfume de sándalo te sobresaltó y, en el acto casi reflejo de asir la mano de Daniel que descendía sobre tu pecho, giraste la cabeza y encontraste, perplejo, el rostro preocupado de tu esposa; con los tuyos, apretabas la delicada osatura de sus dedos y percibías la dócil tibieza de su piel.
—Querido –repitió ella–, ¿qué pasa?
Sí, ¿qué pasa? ¿Qué nos pasa? –pensaste–. ¿Qué es lo que me amarga y me entristece: que Daniel se haya muerto, sin más, o que lo haya hecho después de treinta años de ruptura?—Ha muerto Daniel –dijiste, y al pronunciarlo derogaste el aplazamiento de la aceptación; su muerte entraba en vigencia. Con ella ingresabas en un país de conjetura, de curiosidad insaciada. ¿Cuáles secretos petrificaba su silencio inexpugnable; cuáles enigmas, siempre sospechados, y que habrías podido descifrar en el envejecer de su voz y el agriarse de su carácter, en las arrugas que ganaban con lentitud su frente y sus sienes? Te pareció que un miembro faltaba en esa vasta maquinaria, que te habían escamoteado algo precioso y esencial; oscuramente experimentaste la injusticia de que en la vida los destinos queden abiertos y se diluyan como un vaho, a manera novelesca, dejándonos sin la posibilidad de comprender; no podías sentir más que con hondura lo necesario de una explicación, ahora imposible, entre ambos. Oíste las condolencias de tu esposa, y a ti mismo hablar de Marelli y el teléfono, al tiempo que buscabas en otro espacio esa pieza faltante y aquel entendimiento.
—Sí, tengo que ir –contestó tu voz a la pregunta de ella sobre tu concurrencia al velorio. Pero de inmediato te levantaste de la butaca y dijiste: —No, no voy a ir –cediendo a la compulsión de postergar el enfrentarte con Daniel ya sido.
En la cama, cubierto con las cobijas, los brazos a lo largo del cuerpo, sentías la proximidad del de tu esposa, su respiración asordinada y la gran calma impersonal de su sueño, y también la síncopa de tu corazón, esos continuos cambios de ritmo y ese vago dolor engastado en lo hondo de tu pecho, que era como la metáfora de una cuerda pronta a romperse. Surgieron flores purpúreas que se desperezaban en la oscuridad, ante tus ojos, despetalizándose, disgregándose y volviendo a congregarse, las veías; vivo en las sombras, pensando en Daniel, falsamente inmerso en la luz. Giraban las enormes y oscuras corolas, metamorfoseándose en arabescos lóbregos, en fractales iridiscentes, en pistilos y estambres híspidos, en ramas y hojas secas que te rozaban mientras con tambaleante paso recorrías las calles de la ciudad laberíntica, por avenidas que eran como angostos corredores sin techar, llenas de escaleras y puertas inútiles y ventanas ciegas, impregnadas en una frígida y gualda luminosidad que parecía la emanación vítrea de un sol arcaico y claveteado en un pernicioso cielo de cobalto; andabas, buscando escapar de ese perverso dédalo, urdido según la topología imposible de uno de esos grabados en que Escher adultera la realidad con tal sutileza que la creemos auténtica aunque sepamos que no lo es. Debías encontrar la salida y a quien te esperaba en ella (¿Daniel?) para desvelarte un enigma central de tu vida antes de que una mariposa negra, a poco andar brotada de entre unos peñascos, te alcanzara y te tocase con sus fatídicas alas. Se te vedaba mirarla, pero sabías que su arbitrario revoloteo la acercaba a ti, a pesar del viento caliente y tu afán de alejarte. Te alcanzaban sus sibilantes chillidos, hendiendo el silencio universal; y aunque tus ojos alelados lo rehuían, comprendías que su cuerpo velludo, sus alas articuladas y membranosas, y sus rojas pupilas delataban su abyecta esencia de murciélago, de aciago vicario de algún implacable dios de la aniquilación. En el desesperado frenesí de tu fuga vislumbrabas ya la salida y la silueta incógnita, cuando una de las alas te raspó, y caíste paralizado, calada tu translúcida carne por un fuego incoloro, cuyo intolerable brillo te enceguecía. La hoguera de tus dedos frotó tus párpados, y al alejarlos y abrir los ojos un rayo de sol, penetrando a través de las persianas junto con el canto de las aves, te despertó al transcurso de la mañana del funeral de Daniel.
Al rasurarte, un anciano te contemplaba desde el espejo. Casi setenta años, pensaste. ¿Qué entelequia podía instaurar una relación entre ese viejo exangüe con los carrillos cubiertos de espuma, y el chiquilín o el joven retratado junto a Daniel en las fotos aún desparramadas sobre tu escritorio? ¿Qué, sino el tenue hilo de tu memoria, ese enrarecido dominio en el que pervivía (y perviviría) él, por fin tu prisionero, obligado a una vida espectral y evanescente, a padecer una juventud anacrónica y a repetir sin término actos de antaño, hasta que tu olvido lo menguara y lo aniquilase? Tus recuerdos, que pronto el tiempo erosionaría como el agua se llevaba los restos jabonosos de tu cara, transmutábanse en una sensación de irrecuperabilidad que, como una mácula, iba extendiendo sus pseudopodios en tu interior y oprimía tu conciencia con un pensamiento obsesivo: Daniel fue quizás el único amigo que tuve, y eso es mucho para un hombre. Y ahora está muerto y ya hace treinta años que nos hemos distanciado, y todo esto no puedo entenderlo ni remediarlo.
Dirigiéndote hacia el automóvil, entre los arriates de gramas y espartos del jardín, no te constaba que podrías sostener la visión de esas gentes arrojando terrones y flores al bajar la caja con la ayuda de unas cuerdas sin que algún muelle se partiera dentro de ti. Condujiste el vehículo como un autómata a través de la espléndida mañana plena de sol y brisa, y lo estacionaste en la ancha avenida, casi frente a la casa de duelo, al aguardo de la partida del cortejo. Sumado a él, en el final de la hilera de coches, entraste en el antiguo cementerio y detuviste la marcha bajo la arcada de ramas, ya mustias, y sin apearte observaste (a través de una bruma) a los deudos reunidos en torno al furgón, tiesos y tristes en la luz áurea del mediodía, formar un hemiciclo alrededor del féretro de Daniel, flamantes sus lustres y sus bronces en la culata del vehículo; un sacerdote peroraba asperjando la caja con ademanes secos y precisos. Viste (y la niebla iba en aumento) cómo seis hombres, uno en cada manija, se lo llevaban a pulso por un sendero entre lápidas, en dirección a un hueco flanqueado por un montículo de tierra y otros hombres con sogas y palas. Contemplaste cómo tu mano derecha, animada por una voluntad propia e independiente de ti, se acercaba a la llave de contacto, la giraba el ángulo necesario, movía luego la palanca de cambios mientras tu pie oprimía el pedal, y te alejaste (en medio de la bruma) en busca de la salida, sin volver la cabeza para mirar la caja de nogal y los rostros adustos.*




En los días que siguieron, la niebla no se disipó. Los actos cotidianos, las enormes minucias de la existencia, los desplazamientos en el espacio y el tiempo usurparon tu atención, pero la nube descendida sobre ti, como una atmósfera ácida, iba royendo las levas y piñones de tu alma, descubría y enfatizaba lo fútil de toda tu vida. Paradójicamente, su opacidad te permitía ver claro, acaso por primera vez.
Fuiste dejando tus ocupaciones, algunos de tus libros se cerraron para siempre y tu interés se apagó. Tus días transcurrieron en la penumbra de la biblioteca, donde te dejabas estar, meditativo, mirando por la ventana, fascinado o adormecido por imágenes confusas, repetidas, inasibles. Con los primeros fríos diste en abrigarte para salir de vagabundeo, con lentitud y morosidad, a pie, a veces bajo la lluvia, por los suburbios de tu juventud, no lejos de tu casa y en los que habías vivido siempre, como un viajero que busca en tierras remotas la huella de un antepasado aún vivo en sus genes. Regresabas exhausto a reposar en tu sillón, los codos sobre el escritorio, con el teléfono desconectado, la lámpara apagada y la vista errante en el jardín en sombras. O subías la escalerilla y te ponías a revolver los rimeros, cansando tus volúmenes exornados con exlibris y tus colecciones de revistas extinguidas, bajo la furtiva y discreta vigilancia de tu esposa, quien, con ligera alarma, te preguntaba:
—Querido, ¿qué estás buscando?
—No lo sé –respondías, sabiéndolo bien, y sabiendo que no ibas a hallarlo. El inconmensurable vacío de tu vida se te aparecía con toda su lobreguez: la falta de hijos, de obras, de proyectos; entonces anhelabas el epitafio de Keats.


*


En la fría y soleada tarde otoñal, guiaste el automóvil una vez más por calles casi indiferentes a fuer de conocidas, ralas de transeúntes y que tú poblabas, con obstinación, de espectros. Detuviste el motor a cincuenta metros del solar donde se había erguido en otro tiempo la casa de Daniel, y te acercaste a pie: desalojando de ese lugar al fantasma de tu memoria (una típica casa suburbana, de comienzos de siglo, con las habitaciones enfiladas, la cocina y el baño atrás, y una galería con columnas y barandilla de hierro circundándola, con un pequeño jardín en el frente y un huerto en el fondo; la casa, los pilares y el murete de la cerca lindera con la calle habían sido de color ocre amarillento; la verja y la puerta de ingreso –de rejas y doble hoja, asegurada con cadena y candado– verde oscuro sobre el cual resaltaban el verde más tierno y el azul de una glicina; enroscados en las barras, los retorcidos sarmientos de una planta cuyo nombre nunca conociste), descendía brutalmente del marmóreo cielo una torre de departamentos, impersonal y en completa discordia con los modestos edificios vecinos. Te paraste unos instantes, contemplando con desaliento la monstruosa construcción gris, y decidiste que jamás volverías allí; que en ese lugar de la ciudad perduraría la casa ocre y verde, en cuyo comedor, en un tiempo inaudito, habías tomado el té con Daniel y sus padres, sobre manteles de hilo y debajo de una araña con tulipas de alabastro.
El azar de la circulación sin rumbo te llevó hacia el ya antiguo Colegio Nacional; la avenida por la que avanzabas había cambiado mucho desde que la recorrías a pie, desde la estación del ferrocarril hasta el colegio, y de regreso, con la escolta de aquellos muchachos que hoy eran unos viejos, o unos despojos encerrados en cajas con tapas de estaño en el cementerio donde ya se disgregaba Daniel. Cincuenta años habían transcurrido desde entonces –y no para bien. La avenida, antes cubierta de adoquines y clivada por los surcos paralelos de una línea de tranvías, ahora se jactaba del asfalto y de un revoltillo de comercios, marquesinas, escaparates, kioscos, carteles, lámparas, postes, colorines y vulgaridades de un mal gusto y una fealdad atroces, y hacía muchos años que los tranvías no funcionaban. La avenida de tu adolescencia había sido más discreta, más elegante y recatada, más del color de tu alma. Sí; la avenida, la gente y el mundo, y tú mismo eran otros (acaso mejores) entonces, y eso ya no podía cambiarse. Te sentiste un extraño, por anacronismo, en el barrio de tu juventud.
Estacionaste el auto en una calle lateral, junto al bordillo de la acera de la plaza cercana al colegio. Una hectárea de arboleda, con caminos, setos y parterres que podrían haber sido hermosos si se los hubiera cuidado. Pero el parque participaba de la decadencia general del país; el césped crecía sin mengua, salpicado de hierbajos; lodazales gangrenaban las trochas en algunas partes, y en la zona de juego para los chicos una calesita desvencijada, un tobogán y unos balancines raquíticos y herrumbrados se demoraban como insectos antediluvianos sobre la arena salida de las bateas, revuelta con grava y hojas moribundas. Caminaste por el sendero diagonal, sintiendo el escuálido sol de primeros de mayo sobre la flava piel de tu rostro; tal vez si lloviznase, la melancolía y la sensación de abandono hubieran sido más llevaderas; ese sol era un oxímoron. Te sentaste sobre un banco, bajo un árbol muy viejo, enorme, mientras un pájaro te zahería con una nota descendente; pusiste las manos en los bolsillos del abrigo, estiraste las piernas y bajaste la cabeza. Esperabas, sin saber qué. Cerraste los ojos; volviste a abrirlos, y las imágenes de los años de tu adolescencia seguían allí, obsesivas, congeladas pero vivientes y móviles en tu memoria, como si estuvieran sucediendo en este preciso instante: Daniel y yo andando en bicicleta en esta misma plaza; cantando juntos «Aurora» al arriar la bandera; descifrando juntos el teorema de Thales; copiando juntos los versos del Romance del Conde Arnaldos. Casi antes de que oyeras el chirrido del tranvía, supiste que el imposible vehículo gris se dejaría ver, bordeando la ochava al acelerar a lo largo de la avenida, otra vez adoquinada. Una fracción de segundo después, el rechinar de las ruedas de acero sobre los raíles llegó a tus oídos, y pudiste verlo tal como tu presciencia lo imaginó, con el rabillo del ojo y sin volverle la cara, avanzando torpe y oscilante, con el conductor en proa, el puño sobre la manivela del reóstato, en su cabina de cedro pulido y lustrado. Cerraste los ojos, y volviste a abrirlos; pero no soñabas, no. El pájaro que tañía su nota inextinguible, los árboles, las nubes inmóviles, el aire y la plaza y todo el vasto universo no eran ya los de tu senectud, sino los de tu adolescencia, cincuenta años antes. Gravitaba en la clara atmósfera una mezcla de aromas de pastos y ramas quemadas y la fragancia de maníes que se tuestan en un hornillo oculto en el vientre de un carro con la forma de las negras locomotoras de vapor del Ferrocarril Sud, y el poder evocador de esos perfumes imaginarios hacía latir en tu alma un anhelo indefinido, una inquietud, como una ansia de infinito o de regreso que te quemaba el corazón. Hasta la luz del sol tenía otra calidad: era diez lustros más nueva, o tal vez en tus ojos un cristalino más transparente y una retina más joven la percibían como en aquel tiempo, no ensombrecida y atenuada por medio siglo de desengaños, muertes, malentendidos y alejamientos que es menester llamar vida. Supiste entonces que en cuanto alzaras el rostros y mirases hacia la esquina, en el fin del sendero y bajo la bóveda de hojas quietas de una primavera fenecida, allí lo verías.
Y, por cierto, allí estaba. Daniel parecía esperar que irguieras la cabeza y lo mirases; cuando te vio hacerlo, comenzó a aproximarse. Daniel, diecisiete años, el pelo cortado casi al rape, los ojos profundos y lánguidos, densamente castaños, de castellano morisco; vestido con una camisa y unos pantalones claros y unos mocasines a la moda de aquella época portentosa, se acercaba a ti en un tiempo sin tiempo, en el puro presente de la eternidad. Cuando hubo llegado se detuvo a dos pasos, contemplándote desde arriba con una sonrisa hipostática en sus párpados inferiores, que se derramaba sobre sus labios, plegándolos con la gracia de los de un ángel de Leonardo. Tu cabeza había ido inclinándose hacia atrás en sincronismo con el allegarse de Daniel y, volcada por completo, lo mirabas absorto, incrédulo, transido, sintiendo que dos gotas leves y ardientes surgían en las cuencas de tus ojos y se te desmoronaban mejillas abajo. Al verlas, Daniel hizo un gesto casi imperceptible de reconvención, y te tendió su mano derecha, ofreciéndotela como se hace con un niño pequeño a quien se quiere guiar. Entonces entendiste que no era necesario usar tu precaria voz física y mortal para comunicarle a Daniel el pensamiento que te henchía de dolor; que Daniel estaba oyéndote y ya te había comprendido (y acaso perdonado), y que por fin conocerías su secreto si lograbas asir su mano antes de que la nota del pájaro se extinguiera, antes de que la luz cambiase.


* * *




José María Fojo
Mención Honorífica Segundo Concurso de Cuento
«Fundación Inca Seguros», 1993.
Publicado en el libro «Prosperidad de las sombras»
El Francotirador Ediciones, 2000.

Polinices, taumaturgo falso (Cuento)

.

"Volviendo a las casas"
Óleo sobre chapadur de José María Fojo, cm. 24,0 x 35,0 - Año 1999

.


Polinices, taumaturgo falso
.

(Biograma apócrifo)
.
Polinices descendió al Ática en época en que una ominosa oscuridad cubría el monte Citerón. Una luz endógena parecía dimanar de la persona y los ropajes del recién llegado, que sólo se expresaba en hexámetros yámbicos en dialecto dórico, declamados con grandilocuencia épica. Lo arropaba una túnica talar clara, adornada con bordados de hojuelas de mirto, y una sobreveste de púrpura; sus sandalias de cadenilla de plata con suelas de cuero perfumado con incienso y mirra crujían en sus pies, una diadema de oro ajustaba las ínfulas de lana blanca que ceñían sus largos y sueltos cabellos del color de la miel, y en las manos llevaba guirnaldas de esas flores secretas que sólo crecen en suelo sacro, nunca hollado por pie de hombre impuro. Sus ojos, terribles de mirar, tenían el tinte indefinido del mar en el crepúsculo; y en su voz retumbaba el eco de horrendas profecías. Iba por el ágora proclamando su condición de hombre sagrado y taumaturgo, hijo de Apolo Pítico, nacido en Delfos de unos amoríos de Febo con una diosa desconocida. Recitaba sus versos sin parar, prometiendo milagros, curas, bendiciones y otros portentos sólo posibles para un dios.
...Los locos, los miserables, los esclavos, los parásitos, los curiosos lo seguían a donde quiera que fuese, y los perros se apartaban de él, gruñendo. Tanto agitó, peroró y prometió que las multitudes lo rodearon perpetuamente, mientras los címbalos, las flautas y las tamboras atronaban el aire estival, y la ciudad se llenaba de cantos de peanes.
...Interrogado sobre su linaje, contestó: “Soy Polinices, hijo putativo de Fargias (que combatió contra Jerjes en las Termópilas y murió con Leónidas), hijo de Polinices, apologista, nunca visto por los hombres. Baste esta noticia sobre mis ancestros.
...Polinices hacía desaparecer el eccema y las escaras con sólo recitar una oda pindárica al doliente. Sabía alejar los dolores de cabeza, de muelas y de oídos, y arreglaba los huesos rotos envolviendo los miembros quebrados en hojas de palma atadas con cordeles de esparto. Cuando un incendio consumía un bosque de olivos, él detuvo el viento que lo atizaba y ahogó las llamas conjurando un torrente de lluvia. Transformó un cisne en águila por ruego de una sacerdotisa de Ártemis, y no desconocía la manera de conversar con las aves, que le revelaban muchos enigmas. Con un gesto imperativo, desecó un pantano e inundó una planicie. Espantó las fiebres tercianas condensando la niebla matinal en columnas sólidas, a cuya sombra invitaba a reposar a los enfermos. Recibía los regalos de la plebe con altanería, como un rey acepta el tributo de sus súbditos. El pueblo lo amaba.
...Deseosos de poner a prueba su taumaturgia, algunos ciudadanos se acercaron a él y le dijeron:
...—Éste es Licón, geómetra. Quiere pedirte un favor.
...Polinices, que jamás sonreía, miró al hombre con una llama incierta en sus ojos sombríos.
...—¿Qué puedo hacer por ti, geómetra?
...Reticente, Licón se atrevió a manifestar su solicitud.
...—Hazme un círculo cuadrado, Polinices, si tu taumaturgia es tan poderosa
...Polinices se acercó a Licón y le tomó la mano.
...—Me honra saludar a un geómetra, genuino científico, si los hay. Lo que siento en tu mano no son los granos de la arena en que trazas tus figuras, sino que para mí es polvo de estrellas, tan alta reputo tu ciencia.
...Licón apretó la mano del taumaturgo con un atisbo de afecto naciente que ya comenzaba a desalojar su desconfianza.
...—Gracias, extranjero. Tu boca ha hablado con justicia. Que tus actos no desmientan tus palabras. Mi círculo cuadrado
...Polinices habría sonreído si eso no implicara un abandono de su actitud hierática, siempre tan cuidadosamente preservada.
...—Antes de mañana lo tendrás –vaticinó.
...lo quiero ahora –exigió Licón, aunque con mansedumbre.
...—Antes de mañana es casi como si fuera ahora. Ten paciencia. Antes de que el almo Sol vuelva a alumbrarte poseerás el secreto de la figura anhelada.
...Un murmullo se alzó de los acompañantes de Licón. “No existe tal taumaturgia. Es un embaucador”, dijo una voz.
...—Las lenguas demasiado sueltas nunca están sujetas a los sesos –comentó Polinices con frialdad–. En cuanto a ti, tendrás lo que ambicionas, lo que elevará al infinito tu fama de geómetra. Ahora, celebremos una libación en honor de Apolo, mi padre, que será quien te conceda tu deseo.
...Diciendo esto, derramó el licor según el rito délfico. Luego escanció el filtro de una crátera en dos copas de bronce y ofreció una a Licón, que hizo un violento gesto de rechazo.
...—Bebe sin miedo, amigo geómetra. Este bebedizo no es el veneno destilado de la cicuta, ni tampoco el nepente, que te haría olvidar las enseñanzas de tu maestro Pitágoras.
...El taumaturgo alzó la copa, exclamó ¡Por mi padre Apolo Pítico, dispensador de todos los bienes!, y se la tomó de un trago. Licón, corrido y avergonzado, apuró la suya. Polinices le apretó los hombros con ambas manos y acercó su cara a la del geómetra, y lo traspasó con una interminable mirada de ojos como ascuas.
...Por el intenso calor, Licón se acostó esa noche en el jardín de su casa. Insomne, con los ojos muy abiertos, miraba la estrella del Can cuando lo vio y no pudo creer que hasta entonces le había sido imposible concebirlo. Allí estaba, en su extrema perfección, el Círculo Cuadrado. Estuvo mirándolo un tiempo incalculable, tratando de absorber su maravillosa estructura para dibujarla al día siguiente en la arena extendida y estudiar sus excelsas propiedades; de pronto notó que el cielo brillaba de palidez y las estrellas ya no se divisaban: la salida del Sol barría el cielo nocturno y con él el Círculo Cuadrado. Licón corrió al patio, extendió la arena y se sorprendió de saberse incapaz de dibujarlo. Permaneció muchas horas y muchos días sin comer ni beber, tratando de recordar su visión, pero fue inútil y la desesperación se aposentó en su alma.
...Fue al ágora a reunirse con Polinices, y gimió:
...—Vi la Figura, pero no puedo reproducirla. Estoy volviéndome loco.
...Lloraba. El taumaturgo sacudió la cabeza, impasible.
...—Tú me lo pediste, Apolo te lo dio.
...—¡No! ¡Febo Apolo me lo quitó! –se desesperó el geómetra, maldiciendo la aparición del sol.
...—Es lícito a los dioses dar y quitar según su soberana voluntad. Si enloqueces, es porque has mirado cosas que no deben ser vistas
...Licón fue hallado en su casa varios días después, muerto sobre la inservible arena, mancillada de un laberinto de arcos y rectas inextricables.
...En las exequias de Licón, un aedo se quejó a Polinices de que no lograba componer poemas que le satisficieran.
...—Recítame alguna de tus obras. La oiré con gusto y te daré mi opinión, si me la pides
...Cantó el poeta un himno de noventa y nueve versos ante la atención de Polinices, que asentía con leves movimientos de cabeza y trazaba extrañas figuras con un bastón en el polvo del ágora. Concluido el canto, sentenció el oyente:
...—Tu poema es bueno, pero está desordenado. Si me lo permites, acomodaré las palabras de otro modo.
...Lo consintió el aedo, y Polinices reclamó la presencia de un escriba para que registrara lo que habría de decir. Recitada la nueva versión del himno, preguntó al poeta cuál era su opinión sobre ella.
...—Admirable –dijo el aedo–. Muy superior a la mía, he de reconocerlo. Pero ése no es mi poema.
...Polinices le entregó la tablilla con el escrito.
...—Tienes razón y te equivocas. No es el mismo poema que tú concebiste, pero son noventa y nueve versos y las mismas mil y una palabras. Verifícalo.
...—¡No es posible! –exclamó el otro–. ¿Cómo recordaste todas las palabras con sólo oírlas una vez, y cómo las reorganizaste de buenas a primeras, obteniendo un efecto poético tan notable?
...De nuevo, Polinices hubiera sonreído, de ser ello posible. Se limitó a señalar:
...—Los hombres viven dormidos. Yo no duermo nunca; estoy siempre despierto, con la sagrada guía de mi padre Loxias. Hombres habrá capaces de parecida hazaña, pero deberán pasar muchos siglos para que nazcan.
...Un murmullo de incredulidad se elevó entre los circunstantes, pero sólo mereció la indiferencia más absoluta del taumaturgo, que se puso a departir con Aristómaco, rico comerciante y hombre muy pacífico, en extremo preocupado por la salud de su joven hija Melénide, la que languidecía encerrada en el gineceo de su mansión. Aristómaco, persuadido de la virtud galénica de su interlocutor, empuñó el ramaje adornado con el vellón e insistió en implorar su ayuda.
...—Te ruego, Polinices, que examines a mi hija y le des remedio. Temo por su vida; la tristeza la roe y no quiere revelar qué mal la aqueja –dijo, dando muestras de gran pesadumbre. Polinices, con exquisita longanimidad, accedió.
...Polinices entró en la cámara en la que Melénide lo esperaba sola, y se encontró con una hembra alta, rubia y con ojos verdes como el mar jónico; su peplo, casi transparente, permitía aquilatar la belleza de un cuerpo quizás un poco delgado pero no por ello menos espléndido. De inmediato sospechó qué enfermedad la consumía, lo que no fue óbice para que la sometiera a su interrogatorio clínico.
...—Dime, Melénide, qué herida te aflige.
...La muchacha bajó los ojos al contestarle.
...—La herida de Afrodita.
...—¿Y quién es el culpable de que la diosa te haya atravesado con su dardo?
...Esta vez, Melénide alzó los ojos y se acercó a él.
...—Tú, Polinices –susurró con modestia, tomándole la mano.
...Permanecieron reclusos más de una hora, a puertas cerradas y con los pestillos echados, mientras Aristómaco se paseaba con viva agitación en el peristilo del palacio. Al salir, Polinices dictaminó:
...—La curaré. Pero mi praxis es larga y requiere suma confianza y frecuentes visitas. Vendré cada dos o tres días a verla si tú no te opones.
...—¿¡Cómo habría de oponerme, si me das garantías de su curación!? –se asombró el padre–. Pero, ¿qué es lo que la contrista?
...—Nada que yo no pueda sanar. Lo comprobarás.
...La satisfacción de Aristómaco no reconoció límites al ver que su hija recuperaba el humor, la lozanía, el apetito e incluso comenzaba a engrosar. Como testimonio de agradecimiento, hizo donación a su benefactor de cincuenta minas y le regaló una daga de plata con nieles de Persia y una soberbia biga tirada por finos potros de Iliria, en la cual el dador de salud salía todas las tardes a correr por el camino del hipódromo, al lado del mar.
...En medio de una de esas carreras se profundizó la aciaga tiniebla que descendía sobre el Citerón, el viento encrespó las aguas del mar con furia inaudita y los caballos, desbocados de terror, destrozaron la carroza contra las rocas que separaban el borde del camino de una escarpa de doscientos codos, en cuyo fondo rompían las olas sobre peñascos enormes.
...Después de la tormenta, unos hombres salieron a buscar a Polinices y, con la ayuda de unas cuerdas, descendieron por el precipicio y encontraron sólo la diadema de oro que le ajustaba las ínfulas, entre las rocas ensangrentadas.


* * *

José María Fojo, 2008.
.

jueves, 31 de julio de 2008

Soneto a la invención mítica del piolín

.
.
"El camino de la sierra"
Óleo sobre tela de José María Fojo, cm. 30,0 x 40,0 - Año 1999
Col. Dr. Mario Ezequiel Huguet - Buenos Aires, Argentina
.
.
Soneto a la invención mítica del piolín
.
.
Insignes helenistas el secreto
de la creación del cordel desvelaron:
en el islote de Hylos lo inventaron
(tal lo delata Tales de Mileto).

Ya célebre piolín del gran Teseo,
ya de Penélope el hilo intrigante,
fue cuerda, soga, ramal y bramante;
más formas tuvo que el feral Proteo.

Del rey que fue Nadie, y fue Ulises,
tensó el arco. El pélida, el aqueo,
el pelasgo, de sus bajeles grises

urdiólo en las negras arboladuras.
Tal vez. Mas todo esto me sabe a pura
mentira helénica. Yo no lo creo.
.
J. M. F. (ca. 1980)
.
..

viernes, 11 de julio de 2008

Mondino, matemático y poeta (Cuento)

..
"Retrato de un joven renacentista"
Óleo sobre cartón entelado de José María Fojo, cm. 24,0 x 18,0 - Año 2013



Mondino, matemático y poeta
.
(Biograma apócrifo).

Apareció en Pistoia cubierto de polvo, hambriento y desgreñado, como un esclavo en una comedia de Plauto. Decía, a quien quisiera escucharlo, que Dante Alighieri era un imbécil y que iba a perder la gloria por no prestar atención a sus cartas. “Dante estuvo en el infierno, y volvió. No va a malversar su tiempo con un pobre diablo como tú”, le contestaban con grosería y desprecio. Mondino se desesperaba: “Los sonetos de Dante –todos los sonetos de todos los poetas– son defectuosos. ¿Por qué? Porque la estructura del soneto es arbitraria; un invento sin base. ¿Por qué catorce versos? Por qué dos cuartetos y dos tercetos? El verdadero soneto (decía verdadero soneto como quien dice verdadera religión) es el soneto áureo: trece versos. Ocho versos, suma de dos cuartetos, más cinco versos. Los números ocho y cinco están en proporción áurea, según la serie de Leonardo de Pisa. Esta es una estructura que respeta la divina proporción, que puede encontrarse en infinitos ejemplos en la naturaleza y en las obras de los más grandes artistas.” “No le ha ido mal a esa invención defectuosa, con ese verso adventicio”–le decían, riendo de burla en su cara, y se alejaban sacudiendo la cabeza. “¡Imbéciles! –gritaba Mondino–. ¡El éxito no justifica nada!”
Mondino había contraído su mal en Bolonia, donde una afiebrada lectura del Liber Abaci de Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci, le había sorbido el seso, deslumbrado por esa serie de números creada para resolver el problema de calcular una población de conejos y que misteriosamente se relacionaba con la proporción áurea que ya había postulado Euclides. Padecía la enfermedad de todos los sirvientes de dos amos (la poesía y la matemática, en su caso); como esos hombres que entretienen a dos mujeres, escarceaba con ambas y no dejaba satisfecha a ninguna. Dio en escribir sonetos endecasílabos de trece versos, que recitaba en las tabernas, ante los borrachos y los miserables ahítos de bazofia, o en los campos, entre los trigales áureos como la proporción divina que quería imponer. Los registraba en una libreta, con el lápiz de plomo, o en hojas sueltas que trataba de vender a los curiosos que iban a congregarse en torno a él al declamarlos, y concluía ofrendándolos a cambio de una sonrisa a las campesinas bonitas y analfabetas, atezadas por el sol de Toscana.
No salió mejor librado con el Liber Quadratorum, también de autoría de su ídolo Leonardo de Pisa. Las ecuaciones cuadráticas (de la forma x[x + a] = b) lo atormentaban: sus soluciones siempre implic
an la extracción de una raíz cuadrada. Nada presentaba dificultades para radicandos positivos; pero, ¿qué pasa cuando el radicando es menor que cero, como por ejemplo en la ecuación siguiente: x (x – 2) = –2? Las soluciones de esta ecuación son las raíces:
.

x’..= 1 + R(–1)
x” = 1 – R(–1)
.

donde "R" simboliza la raíz cuadrada (notación de Raffaele Bombelli.) ¡Horror!: no existe la raíz cuadrada de (–1), ya que todo número elevado al cuadrado es positivo. Que el radicando sea negativo depende de los valores de los coeficientes “a” y “b”, lo que parece indicar que algunas ecuaciones de segundo grado tienen solución y otras no. Mondino se negaba en redondo a aceptar esto, porque lo consideraba una especie de estafa de la naturaleza, una falla en el tejido del universo. Por otra parte, si todo radicando negativo puede expresarse como un número positivo P multiplicado por (–1), toda la dificultad se encuentra en la raíz cuadrada de (–1), ya que siempre existe la raíz cuadrada de P. Quiso aproximarse a la fuente: el Liber Embadorum de Abraham Bar Hiyya (el “Savasorda” barcelonés de los árabes), traducido al latín por Platone da Tivoli, pero por mucho que se afanó no le fue posible hallarlo.
Una tarde, después de hartarse de higos, se tumbó debajo de un chopo lombardo y soñó lo siguiente: trazaba una recta en el polvo de una plaza y se desplazaba a lo largo de ella. Después se le ocurrió trazar otra recta en ángulo recto con la primera y caminar según su longitud. Inmediatamente comprendió que, en términos de la primera recta, no estaba moviéndose. Pero si caminaba por la plaza según una trayectoria arbitraria, sus movimientos podían descomponerse en movimientos en cada una de las rectas ortogonales. Soñó entonces que hincaba un mástil en la intersección de ambas rectas y que trepaba y descendía por él: de nuevo, sus movimientos no se verían reflejados en las rectas yacentes en el suelo. No podía desplazarse de manera que hubiera movimientos componentes en las tres rectas, pero un pájaro sí podía: su vuelo se proyectaría en los tres ejes. Si se acurrucaba en la confluencia de las tres rectas, o en un punto cualquiera, no habría movimientos en ninguna de ellas, pero él envejecería mientras se mantuviera quieto en el espacio. Este otro movimiento le sugirió que el hombre es un ser de cuatro dimensiones: tres espaciales y el tiempo, que se percibe como independiente de las otras. Bruscamente despertó y comprendió que debía haber otra dimensión en el reino de los números, y razonó: “Así como los números naturales positivos corresponden a, por ejemplo, la cantidad de cabras que veo en esa manada, e interpreto los números negativos como la cantidad de cequíes que le debo al usurero Isaac da Todi, conjeturo que debe existir un conjunto de números en que el cuadrado de un número cualquiera sea negativo. Puedo definir, ergo, un número “L” (en honor de Leonardo de Pisa) tal que L . L = –1, con lo cual se tiene: (P.L)(P.L) = (P.P)(L.L) = (P.P)(–1) = – (P.P) = menos P al cuadrado. De donde R(–P) = R(P.L.L) = R(L.L).R(P) = L.R(P), y ya vimos que R(P) siempre existe. Las soluciones de la ecuación x (x – 2) + 2 = O son las raíces: x’ = 1 + L; x’’ = 1 – L. No puedo decir que estos números no existen, ya que acabo de definirlos con absoluta coherencia lógica; en todo caso, dejo para otros matemáticos la tarea de demostrar que no existen, y ya sabemos de las dificultades inherentes a toda demostración de inexistencia: acabo de proponer un hermoso problema a la posteridad. Lo que puedo afirmar de estos números es que no son reales. Y si no son reales, ¿qué son? ¿Qué es lo contrario de lo real? Lo irreal. Estos números, cuyos cuadrados son negativos, los llamaré por tanto “numeros irreales o leonardinos.” Y decidió consagrarles de inmediato un soneto áureo, ad majorem gloriam mathematicae.Una estrella había estallado en la mente de Mondino. Entró en una epifanía de creación. Emborronó cientos de cuartillas con sonetos áureos sobre todos los temas que se le pasaron por el magín, desde los ojos hechiceros de una pastora hasta los saltos de un sapo sobre la hierba, variando las estructuras rítmicas, los pies, las rimas, los esquemas de consonancia,
y ninguno le satisfacía plenamente, pero esto lo achacaba a su condición de poeta mediocre y no a una inaceptable inferioridad esencial de su invento. Cuando la inspiración se le secaba o se le dormía, tornaba a sus elucubraciones sobre los números leonardinos y cubría hojas y más hojas con ecuaciones, ejemplos, teoremas, lemas y escolios. También retomaba su concepción onírica de las tres rectas mutuamente ortogonales para descomponer los movimientos, e inventó un ejemplo en que los tres ejes eran paralelos a las aristas de una torre rectangular en cuyo interior había una escalera de caracol, por la que él subía y bajaba; sus movimientos se proyectaban en los tres ejes. Mondino se había transformado en el pájaro de su sueño.
Un atardecer de otoño, ante el paso de un condottiero y su hueste, se sorprendió meditando sobre los hombres y su política. Se asustó: nunca había estado exiliado en un país tan foráneo. “Que otros piensen en los hombres, los príncipes y sus anarquías. Mi reino es el luminoso orbe del Triángulo de Platón, el apolíneo país de la poesía, no la boñiga de la sociedad humana. ¿Cómo se puede llamar sociedad a un conglomerado donde tan pocos hombres sienten una verdadera affectio societatis? La inmensa mayoría pasa todo su tiempo haciendo la guerra para rapiñar, violar, saquear y aumentar su poder y su riqueza y eso que llaman gloria; los príncipes prefieren ser temidos a ser amados, y los vasallos son tan débiles y cobardes que viven de rodillas, dando gracias a Dios por su postración, incapaces de ganar su libertad. No: que otros piensen en los hombres y la política; esos temas son demasiado complejos y delicados para mi pobre mente de matemático y poeta. Soy más amigo de Arquímedes que de Platón, más de Pitágoras que de Aristóteles.
Mondino continuaba coleccionando poemas y teorías algebraicas en su escarcela. Su fama quedaba asegurada.
Caminando por los campos cercanos a Arezzo, se le unió un goliardo salido quién sabe de dónde, pero que llevaba su misma dirección. Era un hombre alto, delgado, fuerte, quizás joven aún, con ojos de búho y cara de pez, y una barba puntiaguda que comenzaba a encanecer. Vestía un jubón verde y calzas carmesíes; Mondino sintió en los ojos que esa combinación de colores no podía ser más desagradable.
—¿A qué te dedicas, además de vagabundear? –preguntó el recién venido, con una sonrisa esquiva.
—Camino para conocer el país. Aparte de eso, soy matemático y poeta.
—¡Vaya, caramba! Las letras y los números: hay poca carne en eso. Yo no sé leer ni escribir, y tampoco podría decirte cuánto suman dos más dos. Y maldita la falta que me hace, ¡voto a san Nicolás! Yo sólo sé de vino, mujeres y trifulcas
Mondino sintió algo así como pena por una vida tan limitada, tan elemental.
—Sí, claro; cada uno a lo suyo –dijo, tratando de contemporizar con un hombre tan distinto de él.
Avanzaron un buen trecho, conversando de fruslerías, hasta que el goliardo le preguntó:
—En esa cartera, ¿qué llevas?
Mondino cometió el error fatal del poeta: decir la verdad por medio de una metáfora.
—¡Ah! Aquí llevo las joyas más excelsas que existen sobre la faz de la tierra –y golpéó el cuero, ufano, con la mano derecha, pensando en sus magnas invenciones: los sonetos áureos y los números leonardinos.
—Qué bien –dijo el otro, con una voz pequeña e indiferente.
Dejó que Mondino se adelantara unos pasos y, ya detrás de él, desenvainó la daga. Lo alcanzó de tres saltos, y cortó limpiamente el cuello del poeta, que cayó a tierra y se desangró en pocos segundos, con una carótida seccionada. El goliardo levantó la escarcela y la abrió.
—A ver esas joyas tan maravillosas –dijo, pero sólo encontró unos papeles sueltos, cubiertos con signos que le parecieron letras y números, y otros con un embrollo de símbolos nunca vistos e incomprensibles.
—¡Valiente tesoro! Basura, nada más –gruñó, escupiendo el cadáver de Mondino. Pensó que la cartera, de buen cuero, le rendiría excelentes servicios; la volcó y dejó caer el mazo de papeles al piso, donde les dio una patada llena de cólera y desprecio, para aventarlos. La suave y dulce brisa, con ávida rapidez, dispersó los papeles y la segura fama de Mondino, matemático y poeta.
.

* * *
.
José María Fojo, 2008.
.