..
"Lo primero que el cuentista le pide a su lector es atención; el novelista, paciencia."

martes, 5 de agosto de 2008

Antes de que la luz cambie (cuento)

.
“Museo Sivori”
Acrílico sobre tela de José María Fojo, cm. 30,0 x 40,0 – Año 2000.
.
.
.
Antes de que la luz cambie


.

.«Garde tes songes;
Les sages n’en ont pas d’aussi beaux que les fous!»
(Ch. Baudelaires, «La voix»).
.
.
La voz rauca de Marelli, vacilante en el otro extremo de la línea telefónica, desgranó las palabras de la noticia que hubieras preferido no oír nunca pero que, llegado su tiempo, te alcanzaba. Te recostaste contra el respaldo del sillón y apoyaste una mano sobre el escritorio, sin retraer el auricular de tu oreja, dejando transcurrir unos segundos densos y yermos, heraldos de un tiempo definitivamente baldío.
—Hola…, hola, ¿estás oyéndome? –inquiría Marelli, nasal, entubado, con el fondo del lejano rumor de la calle colándose a través de una ventana abierta en la tarde fosca de otoño, presagio de la indiferencia de un mundo que, sin Daniel, continuaba su marcha.
—Sí, sí… –contestaste, considerando si debías agradecerle a Marelli por llamarte, e irritándote contigo mismo al sorprender un pensamiento tan trivial, en esas circunstancias. Oíste la voz encapsulada, embebida en la crepitación eléctrica de los circuitos, salmodiar algunos lugares comunes apropiados (la indispensable hipocresía social que Daniel nunca entendió ni aceptó); con la discreta elegancia de sus trajes grises y sus corbatas de seda, Marelli se abstuvo de preguntarte si irías al velorio. Escuchaste en el teléfono una voz interesándose por el señor Marelli y su familia, dar las gracias, despedirse; y al interrumpir la comunicación, no te alarmó descubrir que esa voz había sido la tuya.
A través de la ventana, miraste el jardín quedo en la brisa inane, verdecido en la luz cenicienta del parsimonioso crepúsculo; contemplaste tus manos, arrugadas y con manchas queratinosas –las manos de un viejo; tus manos ineptas para asir y siempre tan prontas a proteger, y que jamás habían aprendido a castigar ni acariciar. Tu mano derecha, ahora un poco insensible y torpe, supo ceñir la de Daniel en gesto de saludo y amistad; nunca la habías agitado como señal de despedida, ni aun cuando el alejamiento fue definitivo, hacía ¿cuántos años? ¿Tantos? Demasiados. Y ahora ambas cosas, la salutación y el adiós, recaían en lo imposible.
Tus ojos y tus manos anduvieron recorriendo estantes y cajones en la biblioteca; tus manos destaparon cajas y revolvieron álbumes y fueron depositando sobre el escritorio fotos, cartas, postales, documentos que constituían los testimonios de una amistad difunta (una amistad abortada o esencialmente inviable) para que tus ojos se demoraran en las estaciones de ese viaje inconcluso de veinticinco años, que ahora se desplegaba ante tu intacta memoria y tu azorada atención en el fulgor cárdeno, ya revestido de gris, de un atardecer que parecía una alba invertida.
Atrapadas en el claroscuro de la emulsión, tu efigie y la de él sonreían y te miraban desde el inasequible ayer, iluminados por soles pretéritos y congelados en la superficie de la cartulina; múltiples imágenes que permitían recorrer tu vida hacia atrás, hasta el inicio de esa amistad de colegiales, y de nuevo hacia delante, hasta el truncamiento final en el borde de la cuarentena. No reprimiste una sonrisa frente a la instantánea de ambos en una plaza (tomada sin duda con una cámara de cajón por un fotógrafo de guardapolvo y gorra grises, cuya cabeza y busto se enfundaban en un trapo negro para hacer el encuadre), con la estación ferroviaria en segundo plano, vestidos con el uniforme del colegio, lado a lado en un tiempo de pantalones cortos en el que Daniel era aún el más bajo de los dos. Al mirar la foto siguiente, hiciste correr una década en un tris: Marelli, Daniel y tú a los veintidós años, sentados sobre la arena de una playa marítima; reían deslumbrados por un festivo sol veraniego mientras el agua salitrosa se escurría y se secaba cabrilleando sobre los pechos lisos. Pensaste que habías vivido para crear esos recuerdos y preparar este duelo.
Tu mirada encontró un cielo bruñido que devenía intensamente índigo y translúcido, portador de la noche. Encendiste la lámpara del escritorio de manera automática, sin verdadera conciencia de ello; en el haz cónico se agolparon los vestigios de aquella comunión dilapidada; tus dedos las recorrían y mezclaban, perfilando los bordes dentados, pero tus ojos ya no las percibían, vueltos hacia dentro (hacia atrás), absortos en la visión de escenas incompletas, siempre fugaces, inconexas y asincrónicas, y sin embargo de insoportable intensidad, que habían perdurado en el secreto refugio de los entresijos de tu memoria para que el contacto de la muerte de Daniel las exhumara. A diferencia de tus sueños (siempre tan sobrealzados de impresiones sensoriales), no había sonidos ni fragancias yuxtapuestas a las imágenes; era un puro mundo visual, una fantasmagoría panóptica de la que todo se excluye, excepto lo visible: podías recordar la exacta forma de la nariz de Daniel a los veinte años, o el preciso tinte de sus iris, pero no su voz. Veías las nubes bogando hacia el norte sobre una playa vestida de asfódelos, pero no oías su canto al recoger conchas de mar. Te penetraba el calor de su amistad y su admiración, y sus palabras declarándotela eran silencio. Pero pudiste sentir el sigiloso peso de su mano en tu hombro mientras reposabas en la antecámara de un cuarto casi en tinieblas donde una carne muy amada ya se disolvía a la luz de los cirios.
—Querido…
La voz se mezclaba con las visiones mudas y la dulce pesantez solidaria de la mano espectral; un inesperado perfume de sándalo te sobresaltó y, en el acto casi reflejo de asir la mano de Daniel que descendía sobre tu pecho, giraste la cabeza y encontraste, perplejo, el rostro preocupado de tu esposa; con los tuyos, apretabas la delicada osatura de sus dedos y percibías la dócil tibieza de su piel.
—Querido –repitió ella–, ¿qué pasa?
Sí, ¿qué pasa? ¿Qué nos pasa? –pensaste–. ¿Qué es lo que me amarga y me entristece: que Daniel se haya muerto, sin más, o que lo haya hecho después de treinta años de ruptura?—Ha muerto Daniel –dijiste, y al pronunciarlo derogaste el aplazamiento de la aceptación; su muerte entraba en vigencia. Con ella ingresabas en un país de conjetura, de curiosidad insaciada. ¿Cuáles secretos petrificaba su silencio inexpugnable; cuáles enigmas, siempre sospechados, y que habrías podido descifrar en el envejecer de su voz y el agriarse de su carácter, en las arrugas que ganaban con lentitud su frente y sus sienes? Te pareció que un miembro faltaba en esa vasta maquinaria, que te habían escamoteado algo precioso y esencial; oscuramente experimentaste la injusticia de que en la vida los destinos queden abiertos y se diluyan como un vaho, a manera novelesca, dejándonos sin la posibilidad de comprender; no podías sentir más que con hondura lo necesario de una explicación, ahora imposible, entre ambos. Oíste las condolencias de tu esposa, y a ti mismo hablar de Marelli y el teléfono, al tiempo que buscabas en otro espacio esa pieza faltante y aquel entendimiento.
—Sí, tengo que ir –contestó tu voz a la pregunta de ella sobre tu concurrencia al velorio. Pero de inmediato te levantaste de la butaca y dijiste: —No, no voy a ir –cediendo a la compulsión de postergar el enfrentarte con Daniel ya sido.
En la cama, cubierto con las cobijas, los brazos a lo largo del cuerpo, sentías la proximidad del de tu esposa, su respiración asordinada y la gran calma impersonal de su sueño, y también la síncopa de tu corazón, esos continuos cambios de ritmo y ese vago dolor engastado en lo hondo de tu pecho, que era como la metáfora de una cuerda pronta a romperse. Surgieron flores purpúreas que se desperezaban en la oscuridad, ante tus ojos, despetalizándose, disgregándose y volviendo a congregarse, las veías; vivo en las sombras, pensando en Daniel, falsamente inmerso en la luz. Giraban las enormes y oscuras corolas, metamorfoseándose en arabescos lóbregos, en fractales iridiscentes, en pistilos y estambres híspidos, en ramas y hojas secas que te rozaban mientras con tambaleante paso recorrías las calles de la ciudad laberíntica, por avenidas que eran como angostos corredores sin techar, llenas de escaleras y puertas inútiles y ventanas ciegas, impregnadas en una frígida y gualda luminosidad que parecía la emanación vítrea de un sol arcaico y claveteado en un pernicioso cielo de cobalto; andabas, buscando escapar de ese perverso dédalo, urdido según la topología imposible de uno de esos grabados en que Escher adultera la realidad con tal sutileza que la creemos auténtica aunque sepamos que no lo es. Debías encontrar la salida y a quien te esperaba en ella (¿Daniel?) para desvelarte un enigma central de tu vida antes de que una mariposa negra, a poco andar brotada de entre unos peñascos, te alcanzara y te tocase con sus fatídicas alas. Se te vedaba mirarla, pero sabías que su arbitrario revoloteo la acercaba a ti, a pesar del viento caliente y tu afán de alejarte. Te alcanzaban sus sibilantes chillidos, hendiendo el silencio universal; y aunque tus ojos alelados lo rehuían, comprendías que su cuerpo velludo, sus alas articuladas y membranosas, y sus rojas pupilas delataban su abyecta esencia de murciélago, de aciago vicario de algún implacable dios de la aniquilación. En el desesperado frenesí de tu fuga vislumbrabas ya la salida y la silueta incógnita, cuando una de las alas te raspó, y caíste paralizado, calada tu translúcida carne por un fuego incoloro, cuyo intolerable brillo te enceguecía. La hoguera de tus dedos frotó tus párpados, y al alejarlos y abrir los ojos un rayo de sol, penetrando a través de las persianas junto con el canto de las aves, te despertó al transcurso de la mañana del funeral de Daniel.
Al rasurarte, un anciano te contemplaba desde el espejo. Casi setenta años, pensaste. ¿Qué entelequia podía instaurar una relación entre ese viejo exangüe con los carrillos cubiertos de espuma, y el chiquilín o el joven retratado junto a Daniel en las fotos aún desparramadas sobre tu escritorio? ¿Qué, sino el tenue hilo de tu memoria, ese enrarecido dominio en el que pervivía (y perviviría) él, por fin tu prisionero, obligado a una vida espectral y evanescente, a padecer una juventud anacrónica y a repetir sin término actos de antaño, hasta que tu olvido lo menguara y lo aniquilase? Tus recuerdos, que pronto el tiempo erosionaría como el agua se llevaba los restos jabonosos de tu cara, transmutábanse en una sensación de irrecuperabilidad que, como una mácula, iba extendiendo sus pseudopodios en tu interior y oprimía tu conciencia con un pensamiento obsesivo: Daniel fue quizás el único amigo que tuve, y eso es mucho para un hombre. Y ahora está muerto y ya hace treinta años que nos hemos distanciado, y todo esto no puedo entenderlo ni remediarlo.
Dirigiéndote hacia el automóvil, entre los arriates de gramas y espartos del jardín, no te constaba que podrías sostener la visión de esas gentes arrojando terrones y flores al bajar la caja con la ayuda de unas cuerdas sin que algún muelle se partiera dentro de ti. Condujiste el vehículo como un autómata a través de la espléndida mañana plena de sol y brisa, y lo estacionaste en la ancha avenida, casi frente a la casa de duelo, al aguardo de la partida del cortejo. Sumado a él, en el final de la hilera de coches, entraste en el antiguo cementerio y detuviste la marcha bajo la arcada de ramas, ya mustias, y sin apearte observaste (a través de una bruma) a los deudos reunidos en torno al furgón, tiesos y tristes en la luz áurea del mediodía, formar un hemiciclo alrededor del féretro de Daniel, flamantes sus lustres y sus bronces en la culata del vehículo; un sacerdote peroraba asperjando la caja con ademanes secos y precisos. Viste (y la niebla iba en aumento) cómo seis hombres, uno en cada manija, se lo llevaban a pulso por un sendero entre lápidas, en dirección a un hueco flanqueado por un montículo de tierra y otros hombres con sogas y palas. Contemplaste cómo tu mano derecha, animada por una voluntad propia e independiente de ti, se acercaba a la llave de contacto, la giraba el ángulo necesario, movía luego la palanca de cambios mientras tu pie oprimía el pedal, y te alejaste (en medio de la bruma) en busca de la salida, sin volver la cabeza para mirar la caja de nogal y los rostros adustos.*




En los días que siguieron, la niebla no se disipó. Los actos cotidianos, las enormes minucias de la existencia, los desplazamientos en el espacio y el tiempo usurparon tu atención, pero la nube descendida sobre ti, como una atmósfera ácida, iba royendo las levas y piñones de tu alma, descubría y enfatizaba lo fútil de toda tu vida. Paradójicamente, su opacidad te permitía ver claro, acaso por primera vez.
Fuiste dejando tus ocupaciones, algunos de tus libros se cerraron para siempre y tu interés se apagó. Tus días transcurrieron en la penumbra de la biblioteca, donde te dejabas estar, meditativo, mirando por la ventana, fascinado o adormecido por imágenes confusas, repetidas, inasibles. Con los primeros fríos diste en abrigarte para salir de vagabundeo, con lentitud y morosidad, a pie, a veces bajo la lluvia, por los suburbios de tu juventud, no lejos de tu casa y en los que habías vivido siempre, como un viajero que busca en tierras remotas la huella de un antepasado aún vivo en sus genes. Regresabas exhausto a reposar en tu sillón, los codos sobre el escritorio, con el teléfono desconectado, la lámpara apagada y la vista errante en el jardín en sombras. O subías la escalerilla y te ponías a revolver los rimeros, cansando tus volúmenes exornados con exlibris y tus colecciones de revistas extinguidas, bajo la furtiva y discreta vigilancia de tu esposa, quien, con ligera alarma, te preguntaba:
—Querido, ¿qué estás buscando?
—No lo sé –respondías, sabiéndolo bien, y sabiendo que no ibas a hallarlo. El inconmensurable vacío de tu vida se te aparecía con toda su lobreguez: la falta de hijos, de obras, de proyectos; entonces anhelabas el epitafio de Keats.


*


En la fría y soleada tarde otoñal, guiaste el automóvil una vez más por calles casi indiferentes a fuer de conocidas, ralas de transeúntes y que tú poblabas, con obstinación, de espectros. Detuviste el motor a cincuenta metros del solar donde se había erguido en otro tiempo la casa de Daniel, y te acercaste a pie: desalojando de ese lugar al fantasma de tu memoria (una típica casa suburbana, de comienzos de siglo, con las habitaciones enfiladas, la cocina y el baño atrás, y una galería con columnas y barandilla de hierro circundándola, con un pequeño jardín en el frente y un huerto en el fondo; la casa, los pilares y el murete de la cerca lindera con la calle habían sido de color ocre amarillento; la verja y la puerta de ingreso –de rejas y doble hoja, asegurada con cadena y candado– verde oscuro sobre el cual resaltaban el verde más tierno y el azul de una glicina; enroscados en las barras, los retorcidos sarmientos de una planta cuyo nombre nunca conociste), descendía brutalmente del marmóreo cielo una torre de departamentos, impersonal y en completa discordia con los modestos edificios vecinos. Te paraste unos instantes, contemplando con desaliento la monstruosa construcción gris, y decidiste que jamás volverías allí; que en ese lugar de la ciudad perduraría la casa ocre y verde, en cuyo comedor, en un tiempo inaudito, habías tomado el té con Daniel y sus padres, sobre manteles de hilo y debajo de una araña con tulipas de alabastro.
El azar de la circulación sin rumbo te llevó hacia el ya antiguo Colegio Nacional; la avenida por la que avanzabas había cambiado mucho desde que la recorrías a pie, desde la estación del ferrocarril hasta el colegio, y de regreso, con la escolta de aquellos muchachos que hoy eran unos viejos, o unos despojos encerrados en cajas con tapas de estaño en el cementerio donde ya se disgregaba Daniel. Cincuenta años habían transcurrido desde entonces –y no para bien. La avenida, antes cubierta de adoquines y clivada por los surcos paralelos de una línea de tranvías, ahora se jactaba del asfalto y de un revoltillo de comercios, marquesinas, escaparates, kioscos, carteles, lámparas, postes, colorines y vulgaridades de un mal gusto y una fealdad atroces, y hacía muchos años que los tranvías no funcionaban. La avenida de tu adolescencia había sido más discreta, más elegante y recatada, más del color de tu alma. Sí; la avenida, la gente y el mundo, y tú mismo eran otros (acaso mejores) entonces, y eso ya no podía cambiarse. Te sentiste un extraño, por anacronismo, en el barrio de tu juventud.
Estacionaste el auto en una calle lateral, junto al bordillo de la acera de la plaza cercana al colegio. Una hectárea de arboleda, con caminos, setos y parterres que podrían haber sido hermosos si se los hubiera cuidado. Pero el parque participaba de la decadencia general del país; el césped crecía sin mengua, salpicado de hierbajos; lodazales gangrenaban las trochas en algunas partes, y en la zona de juego para los chicos una calesita desvencijada, un tobogán y unos balancines raquíticos y herrumbrados se demoraban como insectos antediluvianos sobre la arena salida de las bateas, revuelta con grava y hojas moribundas. Caminaste por el sendero diagonal, sintiendo el escuálido sol de primeros de mayo sobre la flava piel de tu rostro; tal vez si lloviznase, la melancolía y la sensación de abandono hubieran sido más llevaderas; ese sol era un oxímoron. Te sentaste sobre un banco, bajo un árbol muy viejo, enorme, mientras un pájaro te zahería con una nota descendente; pusiste las manos en los bolsillos del abrigo, estiraste las piernas y bajaste la cabeza. Esperabas, sin saber qué. Cerraste los ojos; volviste a abrirlos, y las imágenes de los años de tu adolescencia seguían allí, obsesivas, congeladas pero vivientes y móviles en tu memoria, como si estuvieran sucediendo en este preciso instante: Daniel y yo andando en bicicleta en esta misma plaza; cantando juntos «Aurora» al arriar la bandera; descifrando juntos el teorema de Thales; copiando juntos los versos del Romance del Conde Arnaldos. Casi antes de que oyeras el chirrido del tranvía, supiste que el imposible vehículo gris se dejaría ver, bordeando la ochava al acelerar a lo largo de la avenida, otra vez adoquinada. Una fracción de segundo después, el rechinar de las ruedas de acero sobre los raíles llegó a tus oídos, y pudiste verlo tal como tu presciencia lo imaginó, con el rabillo del ojo y sin volverle la cara, avanzando torpe y oscilante, con el conductor en proa, el puño sobre la manivela del reóstato, en su cabina de cedro pulido y lustrado. Cerraste los ojos, y volviste a abrirlos; pero no soñabas, no. El pájaro que tañía su nota inextinguible, los árboles, las nubes inmóviles, el aire y la plaza y todo el vasto universo no eran ya los de tu senectud, sino los de tu adolescencia, cincuenta años antes. Gravitaba en la clara atmósfera una mezcla de aromas de pastos y ramas quemadas y la fragancia de maníes que se tuestan en un hornillo oculto en el vientre de un carro con la forma de las negras locomotoras de vapor del Ferrocarril Sud, y el poder evocador de esos perfumes imaginarios hacía latir en tu alma un anhelo indefinido, una inquietud, como una ansia de infinito o de regreso que te quemaba el corazón. Hasta la luz del sol tenía otra calidad: era diez lustros más nueva, o tal vez en tus ojos un cristalino más transparente y una retina más joven la percibían como en aquel tiempo, no ensombrecida y atenuada por medio siglo de desengaños, muertes, malentendidos y alejamientos que es menester llamar vida. Supiste entonces que en cuanto alzaras el rostros y mirases hacia la esquina, en el fin del sendero y bajo la bóveda de hojas quietas de una primavera fenecida, allí lo verías.
Y, por cierto, allí estaba. Daniel parecía esperar que irguieras la cabeza y lo mirases; cuando te vio hacerlo, comenzó a aproximarse. Daniel, diecisiete años, el pelo cortado casi al rape, los ojos profundos y lánguidos, densamente castaños, de castellano morisco; vestido con una camisa y unos pantalones claros y unos mocasines a la moda de aquella época portentosa, se acercaba a ti en un tiempo sin tiempo, en el puro presente de la eternidad. Cuando hubo llegado se detuvo a dos pasos, contemplándote desde arriba con una sonrisa hipostática en sus párpados inferiores, que se derramaba sobre sus labios, plegándolos con la gracia de los de un ángel de Leonardo. Tu cabeza había ido inclinándose hacia atrás en sincronismo con el allegarse de Daniel y, volcada por completo, lo mirabas absorto, incrédulo, transido, sintiendo que dos gotas leves y ardientes surgían en las cuencas de tus ojos y se te desmoronaban mejillas abajo. Al verlas, Daniel hizo un gesto casi imperceptible de reconvención, y te tendió su mano derecha, ofreciéndotela como se hace con un niño pequeño a quien se quiere guiar. Entonces entendiste que no era necesario usar tu precaria voz física y mortal para comunicarle a Daniel el pensamiento que te henchía de dolor; que Daniel estaba oyéndote y ya te había comprendido (y acaso perdonado), y que por fin conocerías su secreto si lograbas asir su mano antes de que la nota del pájaro se extinguiera, antes de que la luz cambiase.


* * *




José María Fojo
Mención Honorífica Segundo Concurso de Cuento
«Fundación Inca Seguros», 1993.
Publicado en el libro «Prosperidad de las sombras»
El Francotirador Ediciones, 2000.

Polinices, taumaturgo falso (Cuento)

.

"Volviendo a las casas"
Óleo sobre chapadur de José María Fojo, cm. 24,0 x 35,0 - Año 1999

.


Polinices, taumaturgo falso
.

(Biograma apócrifo)
.
Polinices descendió al Ática en época en que una ominosa oscuridad cubría el monte Citerón. Una luz endógena parecía dimanar de la persona y los ropajes del recién llegado, que sólo se expresaba en hexámetros yámbicos en dialecto dórico, declamados con grandilocuencia épica. Lo arropaba una túnica talar clara, adornada con bordados de hojuelas de mirto, y una sobreveste de púrpura; sus sandalias de cadenilla de plata con suelas de cuero perfumado con incienso y mirra crujían en sus pies, una diadema de oro ajustaba las ínfulas de lana blanca que ceñían sus largos y sueltos cabellos del color de la miel, y en las manos llevaba guirnaldas de esas flores secretas que sólo crecen en suelo sacro, nunca hollado por pie de hombre impuro. Sus ojos, terribles de mirar, tenían el tinte indefinido del mar en el crepúsculo; y en su voz retumbaba el eco de horrendas profecías. Iba por el ágora proclamando su condición de hombre sagrado y taumaturgo, hijo de Apolo Pítico, nacido en Delfos de unos amoríos de Febo con una diosa desconocida. Recitaba sus versos sin parar, prometiendo milagros, curas, bendiciones y otros portentos sólo posibles para un dios.
...Los locos, los miserables, los esclavos, los parásitos, los curiosos lo seguían a donde quiera que fuese, y los perros se apartaban de él, gruñendo. Tanto agitó, peroró y prometió que las multitudes lo rodearon perpetuamente, mientras los címbalos, las flautas y las tamboras atronaban el aire estival, y la ciudad se llenaba de cantos de peanes.
...Interrogado sobre su linaje, contestó: “Soy Polinices, hijo putativo de Fargias (que combatió contra Jerjes en las Termópilas y murió con Leónidas), hijo de Polinices, apologista, nunca visto por los hombres. Baste esta noticia sobre mis ancestros.
...Polinices hacía desaparecer el eccema y las escaras con sólo recitar una oda pindárica al doliente. Sabía alejar los dolores de cabeza, de muelas y de oídos, y arreglaba los huesos rotos envolviendo los miembros quebrados en hojas de palma atadas con cordeles de esparto. Cuando un incendio consumía un bosque de olivos, él detuvo el viento que lo atizaba y ahogó las llamas conjurando un torrente de lluvia. Transformó un cisne en águila por ruego de una sacerdotisa de Ártemis, y no desconocía la manera de conversar con las aves, que le revelaban muchos enigmas. Con un gesto imperativo, desecó un pantano e inundó una planicie. Espantó las fiebres tercianas condensando la niebla matinal en columnas sólidas, a cuya sombra invitaba a reposar a los enfermos. Recibía los regalos de la plebe con altanería, como un rey acepta el tributo de sus súbditos. El pueblo lo amaba.
...Deseosos de poner a prueba su taumaturgia, algunos ciudadanos se acercaron a él y le dijeron:
...—Éste es Licón, geómetra. Quiere pedirte un favor.
...Polinices, que jamás sonreía, miró al hombre con una llama incierta en sus ojos sombríos.
...—¿Qué puedo hacer por ti, geómetra?
...Reticente, Licón se atrevió a manifestar su solicitud.
...—Hazme un círculo cuadrado, Polinices, si tu taumaturgia es tan poderosa
...Polinices se acercó a Licón y le tomó la mano.
...—Me honra saludar a un geómetra, genuino científico, si los hay. Lo que siento en tu mano no son los granos de la arena en que trazas tus figuras, sino que para mí es polvo de estrellas, tan alta reputo tu ciencia.
...Licón apretó la mano del taumaturgo con un atisbo de afecto naciente que ya comenzaba a desalojar su desconfianza.
...—Gracias, extranjero. Tu boca ha hablado con justicia. Que tus actos no desmientan tus palabras. Mi círculo cuadrado
...Polinices habría sonreído si eso no implicara un abandono de su actitud hierática, siempre tan cuidadosamente preservada.
...—Antes de mañana lo tendrás –vaticinó.
...lo quiero ahora –exigió Licón, aunque con mansedumbre.
...—Antes de mañana es casi como si fuera ahora. Ten paciencia. Antes de que el almo Sol vuelva a alumbrarte poseerás el secreto de la figura anhelada.
...Un murmullo se alzó de los acompañantes de Licón. “No existe tal taumaturgia. Es un embaucador”, dijo una voz.
...—Las lenguas demasiado sueltas nunca están sujetas a los sesos –comentó Polinices con frialdad–. En cuanto a ti, tendrás lo que ambicionas, lo que elevará al infinito tu fama de geómetra. Ahora, celebremos una libación en honor de Apolo, mi padre, que será quien te conceda tu deseo.
...Diciendo esto, derramó el licor según el rito délfico. Luego escanció el filtro de una crátera en dos copas de bronce y ofreció una a Licón, que hizo un violento gesto de rechazo.
...—Bebe sin miedo, amigo geómetra. Este bebedizo no es el veneno destilado de la cicuta, ni tampoco el nepente, que te haría olvidar las enseñanzas de tu maestro Pitágoras.
...El taumaturgo alzó la copa, exclamó ¡Por mi padre Apolo Pítico, dispensador de todos los bienes!, y se la tomó de un trago. Licón, corrido y avergonzado, apuró la suya. Polinices le apretó los hombros con ambas manos y acercó su cara a la del geómetra, y lo traspasó con una interminable mirada de ojos como ascuas.
...Por el intenso calor, Licón se acostó esa noche en el jardín de su casa. Insomne, con los ojos muy abiertos, miraba la estrella del Can cuando lo vio y no pudo creer que hasta entonces le había sido imposible concebirlo. Allí estaba, en su extrema perfección, el Círculo Cuadrado. Estuvo mirándolo un tiempo incalculable, tratando de absorber su maravillosa estructura para dibujarla al día siguiente en la arena extendida y estudiar sus excelsas propiedades; de pronto notó que el cielo brillaba de palidez y las estrellas ya no se divisaban: la salida del Sol barría el cielo nocturno y con él el Círculo Cuadrado. Licón corrió al patio, extendió la arena y se sorprendió de saberse incapaz de dibujarlo. Permaneció muchas horas y muchos días sin comer ni beber, tratando de recordar su visión, pero fue inútil y la desesperación se aposentó en su alma.
...Fue al ágora a reunirse con Polinices, y gimió:
...—Vi la Figura, pero no puedo reproducirla. Estoy volviéndome loco.
...Lloraba. El taumaturgo sacudió la cabeza, impasible.
...—Tú me lo pediste, Apolo te lo dio.
...—¡No! ¡Febo Apolo me lo quitó! –se desesperó el geómetra, maldiciendo la aparición del sol.
...—Es lícito a los dioses dar y quitar según su soberana voluntad. Si enloqueces, es porque has mirado cosas que no deben ser vistas
...Licón fue hallado en su casa varios días después, muerto sobre la inservible arena, mancillada de un laberinto de arcos y rectas inextricables.
...En las exequias de Licón, un aedo se quejó a Polinices de que no lograba componer poemas que le satisficieran.
...—Recítame alguna de tus obras. La oiré con gusto y te daré mi opinión, si me la pides
...Cantó el poeta un himno de noventa y nueve versos ante la atención de Polinices, que asentía con leves movimientos de cabeza y trazaba extrañas figuras con un bastón en el polvo del ágora. Concluido el canto, sentenció el oyente:
...—Tu poema es bueno, pero está desordenado. Si me lo permites, acomodaré las palabras de otro modo.
...Lo consintió el aedo, y Polinices reclamó la presencia de un escriba para que registrara lo que habría de decir. Recitada la nueva versión del himno, preguntó al poeta cuál era su opinión sobre ella.
...—Admirable –dijo el aedo–. Muy superior a la mía, he de reconocerlo. Pero ése no es mi poema.
...Polinices le entregó la tablilla con el escrito.
...—Tienes razón y te equivocas. No es el mismo poema que tú concebiste, pero son noventa y nueve versos y las mismas mil y una palabras. Verifícalo.
...—¡No es posible! –exclamó el otro–. ¿Cómo recordaste todas las palabras con sólo oírlas una vez, y cómo las reorganizaste de buenas a primeras, obteniendo un efecto poético tan notable?
...De nuevo, Polinices hubiera sonreído, de ser ello posible. Se limitó a señalar:
...—Los hombres viven dormidos. Yo no duermo nunca; estoy siempre despierto, con la sagrada guía de mi padre Loxias. Hombres habrá capaces de parecida hazaña, pero deberán pasar muchos siglos para que nazcan.
...Un murmullo de incredulidad se elevó entre los circunstantes, pero sólo mereció la indiferencia más absoluta del taumaturgo, que se puso a departir con Aristómaco, rico comerciante y hombre muy pacífico, en extremo preocupado por la salud de su joven hija Melénide, la que languidecía encerrada en el gineceo de su mansión. Aristómaco, persuadido de la virtud galénica de su interlocutor, empuñó el ramaje adornado con el vellón e insistió en implorar su ayuda.
...—Te ruego, Polinices, que examines a mi hija y le des remedio. Temo por su vida; la tristeza la roe y no quiere revelar qué mal la aqueja –dijo, dando muestras de gran pesadumbre. Polinices, con exquisita longanimidad, accedió.
...Polinices entró en la cámara en la que Melénide lo esperaba sola, y se encontró con una hembra alta, rubia y con ojos verdes como el mar jónico; su peplo, casi transparente, permitía aquilatar la belleza de un cuerpo quizás un poco delgado pero no por ello menos espléndido. De inmediato sospechó qué enfermedad la consumía, lo que no fue óbice para que la sometiera a su interrogatorio clínico.
...—Dime, Melénide, qué herida te aflige.
...La muchacha bajó los ojos al contestarle.
...—La herida de Afrodita.
...—¿Y quién es el culpable de que la diosa te haya atravesado con su dardo?
...Esta vez, Melénide alzó los ojos y se acercó a él.
...—Tú, Polinices –susurró con modestia, tomándole la mano.
...Permanecieron reclusos más de una hora, a puertas cerradas y con los pestillos echados, mientras Aristómaco se paseaba con viva agitación en el peristilo del palacio. Al salir, Polinices dictaminó:
...—La curaré. Pero mi praxis es larga y requiere suma confianza y frecuentes visitas. Vendré cada dos o tres días a verla si tú no te opones.
...—¿¡Cómo habría de oponerme, si me das garantías de su curación!? –se asombró el padre–. Pero, ¿qué es lo que la contrista?
...—Nada que yo no pueda sanar. Lo comprobarás.
...La satisfacción de Aristómaco no reconoció límites al ver que su hija recuperaba el humor, la lozanía, el apetito e incluso comenzaba a engrosar. Como testimonio de agradecimiento, hizo donación a su benefactor de cincuenta minas y le regaló una daga de plata con nieles de Persia y una soberbia biga tirada por finos potros de Iliria, en la cual el dador de salud salía todas las tardes a correr por el camino del hipódromo, al lado del mar.
...En medio de una de esas carreras se profundizó la aciaga tiniebla que descendía sobre el Citerón, el viento encrespó las aguas del mar con furia inaudita y los caballos, desbocados de terror, destrozaron la carroza contra las rocas que separaban el borde del camino de una escarpa de doscientos codos, en cuyo fondo rompían las olas sobre peñascos enormes.
...Después de la tormenta, unos hombres salieron a buscar a Polinices y, con la ayuda de unas cuerdas, descendieron por el precipicio y encontraron sólo la diadema de oro que le ajustaba las ínfulas, entre las rocas ensangrentadas.


* * *

José María Fojo, 2008.
.