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"Lo primero que el cuentista le pide a su lector es atención; el novelista, paciencia."

martes, 5 de agosto de 2008

Polinices, taumaturgo falso (Cuento)

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"Volviendo a las casas"
Óleo sobre chapadur de José María Fojo, cm. 24,0 x 35,0 - Año 1999

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Polinices, taumaturgo falso
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(Biograma apócrifo)
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Polinices descendió al Ática en época en que una ominosa oscuridad cubría el monte Citerón. Una luz endógena parecía dimanar de la persona y los ropajes del recién llegado, que sólo se expresaba en hexámetros yámbicos en dialecto dórico, declamados con grandilocuencia épica. Lo arropaba una túnica talar clara, adornada con bordados de hojuelas de mirto, y una sobreveste de púrpura; sus sandalias de cadenilla de plata con suelas de cuero perfumado con incienso y mirra crujían en sus pies, una diadema de oro ajustaba las ínfulas de lana blanca que ceñían sus largos y sueltos cabellos del color de la miel, y en las manos llevaba guirnaldas de esas flores secretas que sólo crecen en suelo sacro, nunca hollado por pie de hombre impuro. Sus ojos, terribles de mirar, tenían el tinte indefinido del mar en el crepúsculo; y en su voz retumbaba el eco de horrendas profecías. Iba por el ágora proclamando su condición de hombre sagrado y taumaturgo, hijo de Apolo Pítico, nacido en Delfos de unos amoríos de Febo con una diosa desconocida. Recitaba sus versos sin parar, prometiendo milagros, curas, bendiciones y otros portentos sólo posibles para un dios.
...Los locos, los miserables, los esclavos, los parásitos, los curiosos lo seguían a donde quiera que fuese, y los perros se apartaban de él, gruñendo. Tanto agitó, peroró y prometió que las multitudes lo rodearon perpetuamente, mientras los címbalos, las flautas y las tamboras atronaban el aire estival, y la ciudad se llenaba de cantos de peanes.
...Interrogado sobre su linaje, contestó: “Soy Polinices, hijo putativo de Fargias (que combatió contra Jerjes en las Termópilas y murió con Leónidas), hijo de Polinices, apologista, nunca visto por los hombres. Baste esta noticia sobre mis ancestros.
...Polinices hacía desaparecer el eccema y las escaras con sólo recitar una oda pindárica al doliente. Sabía alejar los dolores de cabeza, de muelas y de oídos, y arreglaba los huesos rotos envolviendo los miembros quebrados en hojas de palma atadas con cordeles de esparto. Cuando un incendio consumía un bosque de olivos, él detuvo el viento que lo atizaba y ahogó las llamas conjurando un torrente de lluvia. Transformó un cisne en águila por ruego de una sacerdotisa de Ártemis, y no desconocía la manera de conversar con las aves, que le revelaban muchos enigmas. Con un gesto imperativo, desecó un pantano e inundó una planicie. Espantó las fiebres tercianas condensando la niebla matinal en columnas sólidas, a cuya sombra invitaba a reposar a los enfermos. Recibía los regalos de la plebe con altanería, como un rey acepta el tributo de sus súbditos. El pueblo lo amaba.
...Deseosos de poner a prueba su taumaturgia, algunos ciudadanos se acercaron a él y le dijeron:
...—Éste es Licón, geómetra. Quiere pedirte un favor.
...Polinices, que jamás sonreía, miró al hombre con una llama incierta en sus ojos sombríos.
...—¿Qué puedo hacer por ti, geómetra?
...Reticente, Licón se atrevió a manifestar su solicitud.
...—Hazme un círculo cuadrado, Polinices, si tu taumaturgia es tan poderosa
...Polinices se acercó a Licón y le tomó la mano.
...—Me honra saludar a un geómetra, genuino científico, si los hay. Lo que siento en tu mano no son los granos de la arena en que trazas tus figuras, sino que para mí es polvo de estrellas, tan alta reputo tu ciencia.
...Licón apretó la mano del taumaturgo con un atisbo de afecto naciente que ya comenzaba a desalojar su desconfianza.
...—Gracias, extranjero. Tu boca ha hablado con justicia. Que tus actos no desmientan tus palabras. Mi círculo cuadrado
...Polinices habría sonreído si eso no implicara un abandono de su actitud hierática, siempre tan cuidadosamente preservada.
...—Antes de mañana lo tendrás –vaticinó.
...lo quiero ahora –exigió Licón, aunque con mansedumbre.
...—Antes de mañana es casi como si fuera ahora. Ten paciencia. Antes de que el almo Sol vuelva a alumbrarte poseerás el secreto de la figura anhelada.
...Un murmullo se alzó de los acompañantes de Licón. “No existe tal taumaturgia. Es un embaucador”, dijo una voz.
...—Las lenguas demasiado sueltas nunca están sujetas a los sesos –comentó Polinices con frialdad–. En cuanto a ti, tendrás lo que ambicionas, lo que elevará al infinito tu fama de geómetra. Ahora, celebremos una libación en honor de Apolo, mi padre, que será quien te conceda tu deseo.
...Diciendo esto, derramó el licor según el rito délfico. Luego escanció el filtro de una crátera en dos copas de bronce y ofreció una a Licón, que hizo un violento gesto de rechazo.
...—Bebe sin miedo, amigo geómetra. Este bebedizo no es el veneno destilado de la cicuta, ni tampoco el nepente, que te haría olvidar las enseñanzas de tu maestro Pitágoras.
...El taumaturgo alzó la copa, exclamó ¡Por mi padre Apolo Pítico, dispensador de todos los bienes!, y se la tomó de un trago. Licón, corrido y avergonzado, apuró la suya. Polinices le apretó los hombros con ambas manos y acercó su cara a la del geómetra, y lo traspasó con una interminable mirada de ojos como ascuas.
...Por el intenso calor, Licón se acostó esa noche en el jardín de su casa. Insomne, con los ojos muy abiertos, miraba la estrella del Can cuando lo vio y no pudo creer que hasta entonces le había sido imposible concebirlo. Allí estaba, en su extrema perfección, el Círculo Cuadrado. Estuvo mirándolo un tiempo incalculable, tratando de absorber su maravillosa estructura para dibujarla al día siguiente en la arena extendida y estudiar sus excelsas propiedades; de pronto notó que el cielo brillaba de palidez y las estrellas ya no se divisaban: la salida del Sol barría el cielo nocturno y con él el Círculo Cuadrado. Licón corrió al patio, extendió la arena y se sorprendió de saberse incapaz de dibujarlo. Permaneció muchas horas y muchos días sin comer ni beber, tratando de recordar su visión, pero fue inútil y la desesperación se aposentó en su alma.
...Fue al ágora a reunirse con Polinices, y gimió:
...—Vi la Figura, pero no puedo reproducirla. Estoy volviéndome loco.
...Lloraba. El taumaturgo sacudió la cabeza, impasible.
...—Tú me lo pediste, Apolo te lo dio.
...—¡No! ¡Febo Apolo me lo quitó! –se desesperó el geómetra, maldiciendo la aparición del sol.
...—Es lícito a los dioses dar y quitar según su soberana voluntad. Si enloqueces, es porque has mirado cosas que no deben ser vistas
...Licón fue hallado en su casa varios días después, muerto sobre la inservible arena, mancillada de un laberinto de arcos y rectas inextricables.
...En las exequias de Licón, un aedo se quejó a Polinices de que no lograba componer poemas que le satisficieran.
...—Recítame alguna de tus obras. La oiré con gusto y te daré mi opinión, si me la pides
...Cantó el poeta un himno de noventa y nueve versos ante la atención de Polinices, que asentía con leves movimientos de cabeza y trazaba extrañas figuras con un bastón en el polvo del ágora. Concluido el canto, sentenció el oyente:
...—Tu poema es bueno, pero está desordenado. Si me lo permites, acomodaré las palabras de otro modo.
...Lo consintió el aedo, y Polinices reclamó la presencia de un escriba para que registrara lo que habría de decir. Recitada la nueva versión del himno, preguntó al poeta cuál era su opinión sobre ella.
...—Admirable –dijo el aedo–. Muy superior a la mía, he de reconocerlo. Pero ése no es mi poema.
...Polinices le entregó la tablilla con el escrito.
...—Tienes razón y te equivocas. No es el mismo poema que tú concebiste, pero son noventa y nueve versos y las mismas mil y una palabras. Verifícalo.
...—¡No es posible! –exclamó el otro–. ¿Cómo recordaste todas las palabras con sólo oírlas una vez, y cómo las reorganizaste de buenas a primeras, obteniendo un efecto poético tan notable?
...De nuevo, Polinices hubiera sonreído, de ser ello posible. Se limitó a señalar:
...—Los hombres viven dormidos. Yo no duermo nunca; estoy siempre despierto, con la sagrada guía de mi padre Loxias. Hombres habrá capaces de parecida hazaña, pero deberán pasar muchos siglos para que nazcan.
...Un murmullo de incredulidad se elevó entre los circunstantes, pero sólo mereció la indiferencia más absoluta del taumaturgo, que se puso a departir con Aristómaco, rico comerciante y hombre muy pacífico, en extremo preocupado por la salud de su joven hija Melénide, la que languidecía encerrada en el gineceo de su mansión. Aristómaco, persuadido de la virtud galénica de su interlocutor, empuñó el ramaje adornado con el vellón e insistió en implorar su ayuda.
...—Te ruego, Polinices, que examines a mi hija y le des remedio. Temo por su vida; la tristeza la roe y no quiere revelar qué mal la aqueja –dijo, dando muestras de gran pesadumbre. Polinices, con exquisita longanimidad, accedió.
...Polinices entró en la cámara en la que Melénide lo esperaba sola, y se encontró con una hembra alta, rubia y con ojos verdes como el mar jónico; su peplo, casi transparente, permitía aquilatar la belleza de un cuerpo quizás un poco delgado pero no por ello menos espléndido. De inmediato sospechó qué enfermedad la consumía, lo que no fue óbice para que la sometiera a su interrogatorio clínico.
...—Dime, Melénide, qué herida te aflige.
...La muchacha bajó los ojos al contestarle.
...—La herida de Afrodita.
...—¿Y quién es el culpable de que la diosa te haya atravesado con su dardo?
...Esta vez, Melénide alzó los ojos y se acercó a él.
...—Tú, Polinices –susurró con modestia, tomándole la mano.
...Permanecieron reclusos más de una hora, a puertas cerradas y con los pestillos echados, mientras Aristómaco se paseaba con viva agitación en el peristilo del palacio. Al salir, Polinices dictaminó:
...—La curaré. Pero mi praxis es larga y requiere suma confianza y frecuentes visitas. Vendré cada dos o tres días a verla si tú no te opones.
...—¿¡Cómo habría de oponerme, si me das garantías de su curación!? –se asombró el padre–. Pero, ¿qué es lo que la contrista?
...—Nada que yo no pueda sanar. Lo comprobarás.
...La satisfacción de Aristómaco no reconoció límites al ver que su hija recuperaba el humor, la lozanía, el apetito e incluso comenzaba a engrosar. Como testimonio de agradecimiento, hizo donación a su benefactor de cincuenta minas y le regaló una daga de plata con nieles de Persia y una soberbia biga tirada por finos potros de Iliria, en la cual el dador de salud salía todas las tardes a correr por el camino del hipódromo, al lado del mar.
...En medio de una de esas carreras se profundizó la aciaga tiniebla que descendía sobre el Citerón, el viento encrespó las aguas del mar con furia inaudita y los caballos, desbocados de terror, destrozaron la carroza contra las rocas que separaban el borde del camino de una escarpa de doscientos codos, en cuyo fondo rompían las olas sobre peñascos enormes.
...Después de la tormenta, unos hombres salieron a buscar a Polinices y, con la ayuda de unas cuerdas, descendieron por el precipicio y encontraron sólo la diadema de oro que le ajustaba las ínfulas, entre las rocas ensangrentadas.


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José María Fojo, 2008.
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